|
A la altura de los problemas Por Karla Rímola Molina.
Es necesario tener una amplia visión
y una filosofía práctica, para afrontar
con éxito los problemas importantes.
José Martínez fue contratado
por la compañía Empaques Universales
para ocupar un puesto vacante en el personal de servicio
de las oficinas generales. Se le encomendó
el mantenimiento del segundo piso del edificio y pasó
el primer día aprendiendo los lineamientos
del trabajo, tal como lo desempeñaba su antecesor
en el empleo, y se le enseñó dónde
se guardaban los implementos de equipo, así
como lo que los demás que laboraban en ese
piso esperaban de él. Al segundo día,
Martínez dio principio a su trabajo, lleno
de entusiasmo, deseoso de demostrar todo lo que podía
hacer. Al llegar la hora del almuerzo no había
podido hacer ni la cuarta parte de la labor del día,
a pesar de su actividad; pero había perdido
tiempo buscando las cosas y tratando de localizar
a sus compañeros de grupo para que le aclararan
puntos que creía haber comprendido con anterioridad.
Sin embargo, transcurrida una semana, ya tenía
una visión adecuada de sus tareas.
Había captado todos los detalles,
y proporcionaba el servicio que de él se esperaba
en el término de la jornada de ocho horas.
A semejanza de José Martínez,
siempre que vayamos a emprender algo, necesitamos
tener un panorama de ello. Mientras más importante
sea la tarea y mayor la responsabilidad, más
profunda y completa debe ser nuestra visión.
Si alguien va a ocupar una posición ejecutiva
de máxima importancia en una empresa y procede
fuera de la misma, quizá necesite de tres a
seis meses para llegar a tener una idea adecuada de
los detalles de la organización. Mientras más
grande sea la empresa, mayor será el tiempo
que se necesite para tener una perspectiva adecuada.
Si no se cuenta con esa perspectiva, la persona no
podrá formular juicios que influyan en el desenvolvimiento
futuro de la firma.
Base de la experiencia
El sentido común nos señala
que sólo podemos actuar sobre la base de las
imágenes que nuestra experiencia anterior nos
permite formar. Pero el asunto crucial radica en que
la experiencia con que contamos a menudo está
distorsionada. Si no revalorizamos una experiencia
distorsionada, no podremos emprender una acción
eficaz para resolver un problema que se vincule a
la misma. En la actualidad existe una corriente cada
vez más fuerte que reconoce la importancia
de hacer nuevas estimaciones de las experiencias pasadas.
Cuando nosotros o nuestras amistades sufrimos de alguna
alteración emocional, buscamos la ayuda de
un consejero preparado, o de un siquiatra capaz. La
mayoría de las técnicas de consejo tienen
por objeto ayudarnos a descubrir experiencias pasadas
que nos atosigan en el presente y reflexionar sobre
ellas. A la luz de las experiencias presentes, nos
es posible enfocar las experiencias distorsionadas,
con la debida perspectiva, recuperando con ello, la
capacidad de administrar nuestro tiempo.
Expectativas propias
No sólo somos guiados por nuestras
experiencias pasadas, sino que fundamentamos muchos
de nuestros actos en lo que esperamos que pueda ocurrir.
Nos preparamos para una junta previendo las preguntas
que es probable se vayan a formular.
Si actuamos según los momentos,
efectuamos comprobaciones de nuestras expectativas
para ver si corresponden a las finalidades del momento.
Si empleamos demasiado tiempo soñando con el
futuro, es probable que no hagamos lo que conviene
para que ese futuro se realice. Resulta bastante común
el ver cómo hombres de negocios, por ejemplo,
se preocupan tanto por anticipar, que no hacen la
tarea que les corresponde.
Por otra parte, mientras más asciende
una persona en el escalafón de una empresa,
más tiempo debe dedicar a prever las necesidades
futuras. Son numerosas las autoridades en administración
que hoy día hablan de planear para diez, veinte
y hasta cincuenta años por delante.
|