Opinión

Magalí Rey Rosa: Agua y petróleo

Esta semana se celebró el Día Mundial del Agua, mientras miles de familias guatemaltecas sufren por falta de agua.  Tristemente la mayoría de las medidas que se diseñan para afrontar una de las crisis más graves que enfrentamos son meros paliativos, como poner  tinacos en las casas de la gente, que no  soluciona el problema. Las fábricas productoras de agua, señores, no son las embotelladoras que nos la venden.

Las fábricas de agua son los ecosistemas naturales. Entendámonos: hay un  gran ciclo de agua planetario, por donde ha circulado toda el agua dulce de nuestro planeta. El agua cae en forma de lluvia, tras haber sido evaporada por el calor y transformada en nube, y —si  encuentra un bosque—  tiene cómo bajar de las hojas y ramas, hacia el tronco y las raíces,  hasta llegar al suelo para alimentar los mantos acuíferos y volver a brotar en manantiales y nacimientos. Cuando la lluvia no encuentra cobertura vegetal, corre nuevamente hacia el mar, arrastrando consigo todo lo que encuentra a su paso: suelos fértiles, materia orgánica y todo tipo de basuras. Cuando no llueve, los árboles tienen la capacidad de atrapar el agua que se encuentra en el aire y filtrarla suavemente, hasta que llega de nuevo  al subsuelo.
El planeta ha perdido ya más de la mitad de los bosques y las selvas, con ellos disminuyó  proporcionalmente  la cantidad de agua dulce disponible para consumo humano. Una de las razones más poderosas para que  la conservación de los ecosistemas naturales se haya promocionado y apoyado a nivel planetario por organismos internacionales, como Naciones Unidas. En Guatemala se le dio categoría de área protegida a los ecosistemas que se escogieron —con criterio científico— como vitales por los servicios  que prestan a las sociedades humanas. El agua es solo el ejemplo más evidente de la importancia que tiene cuidar nuestras áreas protegidas. Pero parece ser que hay algunos seres humanos que no dependen del agua para sobrevivir, o a que no les importa que millones sufran y mueran por la falta de ella; y por eso se empeñan en explotar los últimos bosques y selvas que nos quedan. Hoy, nuestros últimos  ecosistemas  están bajo más presión que nunca, aunque estén en áreas legalmente protegidas.  Proyectos mineros, petroleros, hidroeléctricos, madereros; monocultivos de caña de azúcar, palma africana…. todos  necesitan y, casi siempre contaminan, enormes cantidades de agua;  y lo que es grave es que estos proyectos compiten con la gente de Guatemala por el agua. Por eso es tan peligroso que haya ministros, diputados, políticos y empresarios empeñados en impulsar ese tipo de proyecto.  Preocupa que la gran mayoría de la población guatemalteca permanezca apática ante la destrucción de la naturaleza, como si nada tuviera que ver con ella.
Eso hace aún más meritorio  el esfuerzo del  licenciado Ramón Cadena, quien ante la amenaza que hoy se cierne sobre el parque nacional Laguna del Tigre, ha escogido presentar una queja ante la Secretaría de Asuntos Ambientales del Tratado de Libre Comercio, para que se activen los mecanismos contemplados,  a fin de evitar que se debilite la legislación ambiental. Ya que nuestras instituciones de justicia no funcionan y que nuestros funcionarios públicos no saben lo que significa el bien común, el licenciado Cadena ha utilizado los mecanismos internacionales para tratar de impedir que nuestro gobierno cometa una ilegalidad y prorrogue el contrato petrolero 2-85. Cualquiera puede adherirse a su queja, escribiendo a jguzmán@sieca.gob.gt

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