
El Informe Mundial de la Unesco llamado “Invertir en la diversidad cultural y el diálogo intercultural” dedica un capítulo a la comunicación y los contenidos culturales, aspecto trascendental para el adelanto de los derechos, para fomentar la diversidad y la interculturalidad. La comunicación en un sentido amplio se considera como una actividad individual y colectiva de intercambio de hechos e ideas en cualquier sistema social.
Los expertos mencionan entre sus funciones la información, la socialización de conocimientos e ideas que favorezcan la cohesión y la conciencia social, la motivación o promoción de metas sociales y la discusión para facilitar el consenso.
Incluyen la educación, el avance cultural para preservar la herencia, diseminar las obras culturales y artísticas, y ampliar los horizontes de las personas, sin olvidar el entretenimiento en todas sus manifestaciones. Es un proceso indispensable. El derecho a la comunicación, al igual que el derecho a la educación, a la salud y al trabajo digno, no puede subordinarse a los imperativos del mercado. Es un derecho humano fundamental que debe ser ejercido socialmente; es una necesidad básica que el Estado tiene que garantizar a todas y todos.
La Unesco sostiene que la diversidad cultural debe ocupar un lugar central en los medios de comunicación. Grandes sectores de la población, como los grupos marginados y las minorías étnicas, están a menudo ausentes de los medios, pues no tienen acceso a puestos editoriales, de gestión o de selección, control y validación de la información dentro de los mismos.
La escasa diversidad en los medios tiende a promover la creación de estereotipos, fabricando lo que se suele denominar una “imagen del otro”; los que se pueden eliminar con conocimientos básicos que ayudan al público a ser más crítico con los contenidos, señala el documento.
En nuestro medio estamos llamados a realizar una reflexión concienzuda sobre nuestro trabajo como periodistas y, los medios, sobre los contenidos y espacios que se otorgan a quienes están relegados de la riqueza, postergados del desarrollo y ausentes en los espacios mediáticos. Estudios muestran cómo los grupos étnicos y los campesinos aparecen cuando hay conflictos de tierras, desalojos o protestas, y muy poco en relación con su cultura, tradiciones o situación social. Las mujeres rurales tienen protagonismos estereotipados, o se publica sobre reinados de belleza o como víctimas de violencia. Información sobre sus importantes niveles de organización, de participación o de construcción de proyectos productivos es muy escasa. Sobre la población rural, tradicionalmente, han sido los sucesos, la nota roja o los eventos naturales las noticias importantes.
El equilibro en los espacios mediáticos hay que fomentarlo, demandarlo e instalarlo. Estamos a tiempo de aportar en la difusión del conocimiento plural, de no estandarizar los contenidos, de abrir espacios para quienes no gozan de los privilegios de los que siempre aparecen en los medios, de ampliar fuentes y agendas.
La comunicación también hay que democratizarla, hay que facilitar los accesos, eliminar los estereotipos, construir colectivamente y actuar de manera más incluyente y humana. El informe es un valioso material de estudio que ayudaría a una convivencia armónica lo que, a su vez, abre camino al desarrollo.
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