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Opinión

LA BUENA NOTICIA

Dios y la política

Desde hace cuatro siglos, la relación de la Iglesia y el Estado en los países occidentales ha sido problemática. A raíz de la reforma protestante, algunas naciones crearon las iglesias nacionales con autonomía limitada. El caso más extremo puede ser el régimen inglés, en el que la cabeza del Estado lo es también de la Iglesia, los obispos de la Iglesia de Inglaterra son nombrados por el primer ministro y se sientan por oficio en la Cámara de los Lores. Sin embargo, la teoría política del siglo XVIII postuló como principio fundamental la exclusión de la Iglesia

Mario Alberto Molina

MARIO ALBERTO MOLINA

 de la organización política de la república. La Constitución de los Estados Unidos estableció la separación de la Iglesia y el Estado.

La revolución liberal guatemalteca fue más allá y actuó para excluirla de la sociedad y su influjo de la cultura. Todavía persiste en algunos el temor de que la religión, sobre todo la católica, influya en los asuntos políticos y culturales. La Iglesia Católica, en su doctrina social, enseña claramente que las realidades políticas gozan de autonomía propia y que no es tarea del clero asumir cargos políticos. La ley canónica lo prohíbe taxativamente. Sin embargo, cabe preguntarse si el hecho de que la Iglesia se mantenga al margen de la organización del Estado sea igual a que la Iglesia o incluso Dios estén ausentes de la vida política, social y cultural de la nación.

Este fin de semana han tenido lugar acontecimientos políticos significativos. Ayer se inauguró la legislatura y tomó posesión el nuevo gobierno. Hoy inició la gestión de los alcaldes en las municipalidades. Estos acontecimientos coinciden, en el calendario católico, con la celebración del Santo Cristo de Esquipulas. La coincidencia se presta a una reflexión oportuna acerca de Dios, la religión y la política. La exclusión de los obispos, pastores y clero de la organización del Estado no debiera tener como consecuencia la exclusión de Dios y de la Iglesia de los asuntos públicos.

¿Se puede confiar en que funcionarios que han asumido la responsabilidad política de nuestro país harán bien su gestión? Además de su capacidad profesional y administrativa, dos cosas son necesarias. La primera es que quienes nos gobiernan se sepan sometidos a la ley, tanto al ordenamiento legal de la República como a la ley moral que guía y gobierna la libertad personal. La segunda es que esa conciencia moral esté fundamentada en la verdad y tenga una motivación y fuerza persuasiva interior. La experiencia enseña que la motivación más fuerte y auténtica para la coherencia moral y legal de las acciones humanas es la conciencia de que debemos dar cuentas a Dios de nuestra conducta. La enseñanza moral, que con frecuencia proviene con mayor claridad de la Iglesia, y la persuasión interior que nace de la conciencia religiosa son por eso una contribución al bien común y al ordenamiento político de la nación.

Las oraciones que en estos días se elevan a Dios y al Señor de Esquipulas por los nuevos gobernantes son también recordatorio de que la referencia a Dios es un componente fundamental de la gestión política.


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