
El genocidio no es un hecho aislado que alguien inventa al azar, sino una práctica social criminal, estratégicamente diseñada y planificada para destruir y reorganizar relaciones sociales. En Guatemala, el genocidio no solo se inscribió en un contexto de tierra arrasada en poblaciones mayoritariamente indígenas, sino que se introdujeron cambios en las creencias religiosas y muchos hombres fueron obligados a matar a otros de su misma sangre y a cometer los actos más aberrantes e indignos contra mujeres, niños y niñas de sus mismas comunidades. El genocidio reinventó a toda la sociedad guatemalteca, y no fue para mejor.
En la Alemania nazi o en la Argentina de finales de los años 1970, los campos de concentración fueron un dispositivo fundamental de la práctica social genocida, señala Daniel Feierstein en su libro El genocidio como práctica social. En Guatemala, creo que podríamos hablar de las aldeas modelo y del racismo como espacios fertilizantes de la práctica genocida, generadores del terror, de la desconfianza en el otro, del escepticismo o de la ausencia de solidaridad. No es un invento de mentes calenturientas el hablar de una ruptura del tejido social en nuestra sociedad; que alguien trate de armar el rompecabezas de huesos que aparece en cada fosa colectiva.
De una manera consciente o inconsciente, la experiencia de la guerra pasó por todo el corpus social guatemalteco. A unos les tocó de frente y a otros, marginalmente, pero si algo nos enferma como sociedad, es pasar de largo por ello, como si no hubiera existido. Se entiende que un joven de 8 y 10 años que ha pasado de Tecún Umán directamente a los próceres de la independencia y luego a la economía de mercado, pase indiferente a la experiencia de la guerra. Pero es difícil entender que una mujer u hombre guatemaltecos de más de cuatro décadas se escuden en la negación. Hay personas que se atreven a emitir juicios sin haber jamás leído un libro sobre historia guatemalteca o que, por distintos motivos, no se meten a indagar más sobre lo que podría tocar fibras sensibles propias o muy cercanas. Es la insoportable arrogancia que supera la ignorancia y que no conecta nada con nada.
Como si el genocidio fuera de surgimiento espontáneo, y no el clímax de modos sociales hegemónicos de operar. Hay académicos que hablan, incluso, del genocidio como una narración histórica y ello nos obligaría a unir los tres modos que existen para analizar una narración: el andamiaje discursivo, el argumentativo y la implicación ideológica, que mutuamente se definen y articulan. En Guatemala se ha iniciado el proceso de enjuiciar a un Genocida, así con mayúscula. La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 9 de diciembre de 1948 y ratificada por el Estado de Guatemala el 30 de noviembre de 1949 señala que “se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal: a) Matanza de miembros del grupo; b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo; c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial; d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo; e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo”. Parece que todos los anteriores se dieron en el caso del genocidio guatemalteco.
Eso que llamamos justicia, termina a veces siendo aplicada, como en el caso del dictador chileno Pinochet, por cuestiones económicas y no de derechos humanos. Parece que, en el contexto de una lógica mercantilista, el pecado mayor no es atentar contra la vida sino contra las cuentas bancarias. Y es que la estupidez humana, como dijo Einstein, es una de las pocas certezas, sino la única. Recurro a unas palabras de James Fenton, cuando dijo: “Lo importante es lo que hacemos. Es eso lo que he aprendido. Nada importa lo que somos, pero lo que hacemos sí”.
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