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Opinión

EDITORIAL

Guatemala, ciudad sobre grietas y fallas

Las grietas abiertas en Mixco, que han obligado a la evacuación de 400 familias de un asentamiento, se han encargado de recordar a los capitalinos que la ciudad descansa en un valle cuyas condiciones geológicas significan peligro para quienes tienen sus viviendas en lugares que se pueden calificar como los más peligrosos de una zona en riesgo.

El tema viene al caso porque hace 36 años el terremoto del 4 de febrero de 1976, con sus 25 mil muertos y un millón de damnificados, se convirtió en la tragedia natural más mortífera de este continente, solo superada por el monstruoso movimiento telúrico de Haití, en el 2010, que mató a 300 mil habitantes de Puerto Príncipe, la capital, que aún no se ha recuperado de los efectos.

Con el tiempo pasado, los guatemaltecos residentes en la capital parecen haber olvidado la situación geológica del valle, o no la conocen, porque no vivían en el momento de ese terremoto, el segundo más grande que asoló el área en el siglo XX, después del que tuvo lugar para la Navidad de 1917 y principios de 1918, el cual destruyó parcialmente la Nueva Guatemala de la Asunción, fundada dos siglos antes.

Las grietas demuestran que en esta ciudad deben ser aplicadas las leyes existentes para impedir que familias de escasos recursos se instalen en áreas peligrosas donde construyen viviendas precarias. En ese sentido, la política gubernativa de legalizar las invasiones de terrenos privados, municipales o estatales se convierte en la legalización del riesgo mortal.

Sin embargo, el peligro de las edificaciones en laderas y otros sitios riesgosos no se limita a las áreas donde habitan personas de escasos recursos. Algunas urbanizaciones de viviendas de lujo también representan riesgo, por el lugar que ocupan. A ello se agrega la constante destrucción de cerros para aplanar terrenos, así como el relleno de áreas para construir centros comerciales. En otras palabras, los riesgos de la construcción en la Ciudad de Guatemala aumentan a causa de la combinación de factores naturales con el descuido o irresponsabilidad de las autoridades, sobre todo de la desorganizada municipalidad capitalina.

La mitigación de estos riesgos pasa por varias etapas simultáneas que comienzan con la educación de los ciudadanos, para hacerles comprender que al construir cualquier tipo de vivienda en áreas peligrosas aumentan los riesgos para sus vidas, como se comprueba cada año con los derrumbes de laderas que han sido deforestadas, con el agravante adicional de que complican más el servicio de agua, al hacer que disminuya la capa freática.

Queda claro, para expertos y ciudadanos informados, que el próximo terremoto, cuya fecha no se sabe pero sí es seguro que ocurrirá, causará muchas más víctimas en la capital que las que se registraron en 1976, pues la ciudad, para los efectos prácticos, tiene el doble de población, factor que también influye de manera clara en el empeoramiento de las consecuencias de haberla asentado donde se unen placas tectónicas, y por ello hay inestabilidad en el terreno.


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