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Prensa Libre

16/10/11 - 01:02 Opinión

Una democracia que no se respeta

Cuando se acerca un cambio de gobierno se vuelve ineludible hacer el balance de los logros o fracasos de una administración, algo que no es fácil, según el cristal con que se mire, ya que para los que salen resulta un consuelo hablar del paraíso que les pintan sus aduladores, mientras que para otros el relevo es un alivio, aunque a la vez resulta ya común culpar a la anterior administración de los males, en lugar de dejar claros fundamentos para el desarrollo de la población.

EDITORIAL

Lo paradójico es que mientras las elecciones suelen ser una convocatoria en la cual el voto de cada uno tiene el mismo valor, a la hora de repartir los beneficios del sistema solo hay lugar para los allegados, los financistas y para los mismos expertos en endulzar el oído de los gobernantes, a quienes les dicen precisamente lo que quieren oír.

Sin embargo, además de la percepción ciudadana, existen herramientas que permiten ver desde una perspectiva más científica los retrocesos o estancamientos que afrontan las sociedades y que bien podrían servir de guía a los nuevos gobernantes.

La semana anterior se presentó la edición 2011 del Índice de Desarrollo Democrático de América Latina, que resume 10 años de mediciones, por lo cual se puede afirmar que no se trata solo de una radiografía del momento, sino de todo un análisis de tendencias que marcan con meridiana claridad un retroceso preocupante para nuestro sistema, porque se fundamenta en observaciones y monitoreo constante.

De las cuatro categorías establecidas en el estudio: alto, medio, bajo y mínimo desarrollo democrático, Guatemala se ubica en la última posición, superado por Venezuela, Nicaragua y Ecuador, y en una calificación de 10 puntos, Chile se coloca en la primera, con 10; Uruguay, con 8.9; y Costa Rica, con 8.5, pero nuestro índice de desarrollo democrático apenas alcanza 1.8 puntos.

Estar en el sótano de las democracias latinoamericanas no es una calificación antojadiza, sino fruto de los perversos y obcecados rumbos por los cuales ha sido dirigido el Estado guatemalteco por parte de políticos de turno que se creen autócratas, funcionarios que invaden las dependencias para servirse de las potestades conferidas, diputados que se arrogan el derecho a la impunidad y al abuso, burócratas que se cobran los días de proselitismo y un sector de partidos políticos que no maduran.

En el deterioro de nuestro singular modelo confluyen más indicadores: la baja participación de las mujeres y grupos étnicos en puestos de elección y cargos de gobierno y un serio debilitamiento institucional, algo de lo cual puede dar fe esta administración.

Sin embargo, el máximo inri para el país constituye el magro desarrollo social, humano y económico de grandes sectores, que se evidencia en la persistencia de altos índices de pobreza extrema y desempleo.

El indicador que más conspira contra nuestro desarrollo es al fracaso gubernamental en el combate de la inseguridad, lo cual pone en evidencia las pocas garantías con las que cuentan los ciudadanos, pues el mayor atropello a la dignidad humana es la limitación para el ejercicio de cualquier otro derecho.

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