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ALEPH Cómo hacer para que los niños no lean
Hay que crear condiciones para que los niños y niñas lean.
Por:
Carolina Escobar Sarti
Aunque soy un poco alér- gica a los consejos y las recetas, me interesó un artículo de Gianni Rodari: “Nueve maneras de enseñar a los niños a odiar la lectura”.
Este periodista italiano, interesadísimo en la niñez y su educación, fundó toda su propuesta en el análisis de una sociedad que, después de salir de la dictadura fascista y de la guerra, buscaba en sí misma fuerzas vitales para reconstruirse sobre nuevos modos de vida.
La primera manera de que los niños odien la lectura, según Rodari, es presentar el libro como una alternativa a la televisión.
Frases como “lee, en lugar de ver televisión” o “toma un libro en vez de ver televisión” producen efectos generalmente contrarios.
Aunque a los adultos nos parezca que la televisión tiene muchos puntos sobre los cuales se puede levantar una sólida crítica en contra, también es cierto que —bien orientada— ésta entretiene y divierte a los niños y niñas, les enriquece el punto de vista, les da vocabulario y oído.
Equiparar la televisión a los libros es una aventura que la mayoría de las veces termina provocando que los niños odien la lectura.
La segunda es presentar el libro como una alternativa a las historietas los chistes o los comics.
Aquí las frases serían “te voy a quemar esas historietas si no te veo leer” o “como perdiste la clase de idioma, a partir de mañana nada de historietas”.
Entre otras cosas, las historietas ya no cumplen la función de antes y además un buen lector no lee sólo buenas obras para conformar su universo cultural. La pasión por las historietas no tiene nada que ver con la falta de interés por la buena lectura.
La tercera es decirle a los niños de hoy que los niños de ayer leían más. Aquí vale la pena preguntarse: ¿Cuándo antes si Guatemala era más analfabeta entonces que ahora? ¿Quién podía pagar y comprar los bellos libros para los niños de antes? Por otra parte, los niños no tiene por qué amar un pasado que no les pertenece.
La cuarta manera es considerar que los niños tienen hoy demasiadas distracciones.
Decía Rodari que, por el contrario, uno de los dramas de nuestra infancia es que tienen mucho tiempo libre o vacío. ¿Cuántos espacios hay en Guatemala para que los niños jueguen? ¿Cuántas bibliotecas y teatros? Además, en términos generales, buenas parte de nuestra niñez trabaja y tiene pocos espacios para su recreación. Nos hacen falta distracciones para nuestra niñez y también más libros.
La quinta manera es echarle la culpa a los niños y niñas de que no aman la lectura.
Si bien es cierto que nuestra niñez lee poco, también lo es que en ello hay responsabilidad del mundo adulto.
Hay miles de hogares donde jamás entra un libro (y no siempre por razones económicas).
La escuela y el Estado también tienen en ello una gran responsabilidad; en general, no hay una toma de conciencia de la sociedad adulta con respecto a la sociedad infantil.
La sexta manera es transformar el libro en un instrumento de tortura. A pesar de que ahora hay más y mejores libros para niños, los adultos se encargan de hacer que los niños los detesten.
Los ponen a copiar, memorizar o a analizar sin ninguna guía, y los efectos son evidentes.
Muchos salen del nivel secundario sin haber leído con gusto ni siquiera una buena obra.
El libro se convierte en un instrumento de fatiga y no de placer, y la lectura no es un fin, sino un medio para otras actividades más serias.
La séptima manera es negarse a leerle al niño o niña porque lo tienen que hacer solos.
La voz de la madre, del padre o del maestro desempeña una función insustituible, dice Rodari.
En ello se transmite un vocabulario, una mística, una intimidad y una confianza irremplazables; hay un acto de comunión irrepetible.
Hay que estimular la independencia en los niños y niñas, pero también hay que levantar esa independencia sobre bases de ternura humana.
La octava manera es la de ofrecer opciones de lectura a nuestra niñez; si ponemos frente a ellos veinte libros en vez de uno, es más fácil que encuentren alguno que los motive.
Claro que hay que tratar de ofrecer buenas opciones dentro de esas veinte, pero es implica guías que se actualizan y se interesan por la niñez.
Y la última manera para que odien la lectura sería la de ordenarles a los pequeños que lean.
Ésta tiene que ver con todas las anteriores; hay que crear condiciones para que los niños y niñas lean.
Hay que hacer que anhelen leer, no sentarlos a la mesa frente a un libro y pretender que amen la lectura por arte de magia.
La lectura no entra a golpes o con castigos; es algo mucho más profundo, vinculado el interés genuino por la niñez y la humanidad.
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