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COLABORACION Intercambio comercial
El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos ha encendido la polémica. Mientras unos sectores estiman que producirá progreso y desarrollo, otros lo rechazan por considerar que traerá más pobreza
Opinión de José Raúl González Merlo
Libre comercio y prosperidad
El sentido común no falla.
Un tratado de libre comercio es cuestión de sentido común. ¿Queremos tener acceso a los mejores productos a precios más accesibles? ¿O queremos insistir en limitar deliberadamente nuestras opciones? La respuesta debería ser obvia. ¿Entonces? En buena medida, la oposición al libre comercio proviene de posiciones ideológicas que detestan la economía de mercado.
Por lo tanto, se le quiere hacer creer a los guatemaltecos que el comercio provoca el enriquecimiento de unos a costa de la pobreza de otros. Una afirmación tan vieja como equivocada.
Por definición, un intercambio voluntario (el comercio) únicamente ocurre cuando ambos actores salen beneficiados.
La pregunta es ¿de qué manera se perjudica a los guatemaltecos cuando se ofrecen opciones a mejores productos? Sin embargo, se nos quiere asustar con el petate del muerto diciendo que un TLC inevitablemente nos empobrecerá. Nada más equivocado.
Lo que sí nos empobrecerá es un clima político, económico y social que ahuyente a las inversiones o una política de aislacionismo económico.
Por supuesto que el libre comercio es tan sólo un paso en la dirección correcta. Mal haríamos en pensar que es suficiente para salir de pobres. Pero si queremos salir de pobres es un paso que tiene sentido dar.
Las opciones que tenemos a la mano no son el TLC versus el paraíso terrenal. Ojalá que nuestras alternativas fueran tan evidentes. Pero no es así.
La alternativa al TLC es una economía cerrada al comercio.
Bajo este modelo estaríamos encareciendo deliberadamente los productos importados con el propósito de promover la “autosuficiencia” del exterior. Es una receta que nos empobrecerá aún más.
El resultado de su aplicación en el pasado han sido productos más caros con inferior calidad.
Ningún pueblo ha progresado ni progresará con esa política. Y que conste que no es que los productores locales sean necesariamente ineficientes. Es que, como todos nosotros, responden a incentivos.
La protección arancelaria les permite mantener un mercado cautivo en donde no hay motivos para buscar mejoras en calidad o precio. Esto último solamente se logra cuando la economía se abre y se estimula la competencia. Así es como los productores “se ponen las pilas” y benefician al consumidor.
El progreso de las naciones nunca ha sido fácil. El progreso de Guatemala no será la excepción.
Debemos decidir si queremos abrirnos a la economía mundial o si queremos cerrarnos la puerta.
La evidencia es implacable en este sentido. Los ciudadanos de los países más abiertos al comercio son los que más han podido progresar.
Conociendo lo anterior, mal haríamos en ponernos, nosotros mismos, barreras a nuestra prosperidad; especialmente, dada la dramática situación de pobreza en la que vivimos.
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Opinión de Carlos Barreda
No al TLC con EE.UU.
El TLC aumentará la pobreza en el campo y la migración hacia el norte.
La negociación del TLC con Estados Unidos fue un fracaso. Enfrentó la inexperiencia, improvisación y los constantes cambios de liderazgo en el equipo negociador y de estrategia.
Se dio en un ambiente de divorcio entre sector privado y Gobierno, que limitó el debate y la transparencia. La negociación del TLC se realizó, sin estudios de impacto y agenda prioritaria; y con una escasa o nula participación de la sociedad civil, afectando su legitimidad.
Al no reconocer las asimetrías entre las economías y no discutir los subsidios a la producción, se aceptó una asimetría al revés, a favor de un tratamiento privilegiado al país más poderoso (EE.UU.).
Guatemala tiene una economía pequeña y abierta, inserta en una economía mundial dominada por el capital financiero y las empresas transnacionales que cuentan con el respaldo de sus Estados y que tiene abundantes recursos (materiales, administrativos, tecnológicos y financieros).
En ese “libre mercado” Guatemala sólo cuenta con un aparato productivo atrasado, ineficiente y con una enorme “ventaja comparativa” que eufemísticamente le llaman mano de obra competitiva. Es decir, desempleo, pobreza y por ende bajos salarios.
Guatemala desarrolló una posición de apertura total a los productos de EE.UU. que se tradujo en un 80% de partidas libres de aranceles para bienes agrícolas e industriales.
Lo anterior sumado al mantenimiento de los subsidios a la producción por EE.UU. (US $ 180 mil millones para el periodo 2002 –2007) y el aumento de las ayudas directas a la agricultura a partir de la aprobación de la “Farm Bill”en mayo de 2002, provocarán la desaparición de nuestra producción nacional y de un elemento fundamental de la estructura social, el productor agropecuario y el campesino, que sustentan la producción para el mercado interno.
Los granos básicos son los más afectados, el maíz y el arroz tiene contingentes altos de cero arancel desde el primer año.
Las pérdidas se estiman entre el 10% y 30% de los jornales agrícolas, unos 41,000 a 125,000 empleos, que alcanzan una pérdida de entre Q366 mil y más de mil millones de quetzales. Los departamentos más afectados serán los de mayor pobreza y población indígena.
El TLC reduce la capacidad del Estado de impulsar políticas para el desarrollo económico y social de los pueblos, al no exigir requisitos de desempeño a la inversión extranjera y permitir a las empresas demandar al Estado; liberaliza todos los servicios públicos, afectando el acceso a los pobres; introduce la protección de los datos de prueba respecto a los medicamentos de marca, que restringe el derecho a la salud e impacta en el uso de medicamentos genéricos; y permite que las empresas transnacionales se adueñen de la biodiversidad, patentando las semillas.
El TLC aumentará la pobreza en el campo y la migración hacia el norte.
La única oportunidad es fortalecer al Estado y desarrollar redes de protección social:
universalizar la seguridad social, reforma agraria y fiscal, reforma educativa y desarrollo de un programa de inversiones en el campo.
Guatemala no debe ratificar el TLC y debe condicionar la inversión extranjera.
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