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LA BUENA NOTICIA Auméntanos la fe
La petición de los discípulos la entendemos perfectamente porque todos, de distinta manera, necesitamos que nuestra fe aumente. Serán los sencillos quienes tengan una fe más recia, más inconmovible y más transparente.
Por:
Gonzalo de Villa
El evangelio de hoy nos presenta uno de los muchos tiempos dedicados por Jesús a sus apóstoles.
Si uno examina la Escritura encuentra que son más los momentos recogidos en los evangelios en que Jesús está a solas con sus discípulos más inmediatos que con otros grupos o con las multitudes.
A ellos los llamó y ellos, dejándolo todo, lo siguieron.
Su generosidad y su adhesión a Jesús resplandecen en el evangelio, pero también sabemos que no siempre entendían a Jesús y que se les mezclaban ambiciones mundanas, a veces casi infantiles, con su amor al Señor.
Jesús va a dedicar mucho tiempo a su formación, va a tenerles paciencia, va a advertirles y no se va a cansar de ellos a pesar de las evidentes flaquezas humanas que tenían.
Los apóstoles vislumbraban en Jesús a una personalidad absolutamente extraordinaria sobre cuya identidad confesada por los apóstoles encontraremos distintas escenas en el evangelio.
Pero en la de hoy aparece una frase que es en la que quiero centrarme. Los apóstoles le piden a Jesús que les aumente la fe.
Quieren a Jesús, lo han seguido, pero se dan cuenta de que su fe en Dios es débil, esa fe que significa creer con firmeza pero también confiar y confiarse, apoyarse en Dios y tenerlo a El por única fortaleza en la vida.
De generación en generación y para cada persona creyente a lo largo de su vida la fe es misterio que nos posee, es don que se nos regala, es tesoro a cuidar, a abonar y a proteger.
Aún para los hombres y mujeres de fe más grande ésta es débil o insuficiente. Si así no fuera todos seríamos santos.
La petición de los discípulos la entendemos perfectamente porque todos, de distinta manera, necesitamos que nuestra fe aumente. Serán los sencillos quienes tengan una fe más recia, más inconmovible y más transparente.
He conocido a personas que perdieron la fe. Para algunos significó momentáneamente un sentimiento de adultez ganada pero, a la larga, la pérdida de la fe en Dios es una tragedia porque la vida pierde densidad, enfoque y propósito.
También he conocido quienes, perdida la fe y cercana la muerte, quisieran, más que la vida misma, el reencuentro con la fe.
Otros muchos, como los apóstoles, pasamos por la experiencia de pedirle a Dios que aumente nuestra fe, que sea, como dice el evangelio de hoy, como semilla de mostaza, pequeña pero increíblemente fecunda.
Es la fe que baña de sentido el sinsentido que tanto nos cerca hoy en nuestra cultura.
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