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En busca de paz
Por fin, los ixiles enterraron a 19 de sus muertos del conflicto armado interno
Por:
Maite Garmendia
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| Una mujer ixil coloca flores sobre uno de los 19 osarios que fueron ubicados frente al altar de la iglesia de la aldea Tzalbal, en Nebaj, Quiché. Foto Prensa Libre: Elena Prieto. |
La aldea de Tzalbal, en Nebaj, Quiché, vivió la semana recién pasada momentos emotivos. Fueron dos días de llanto, recuerdos y tristeza, pero también de alegría. Por fin, los ixiles enterraron a 19 de sus muertos del conflicto armado interno.
El suelo cubierto de pino y las bancas apartadas a cada lado de la iglesia dieron la bienvenida a las 19 osamentas.
Eran las 10 de la mañana del miércoles 6 de octubre. Frente al altar, varios hombres de Tzalbal depositaron los osarios que llevaban sobre sus espaldas. Ese era el escenario donde los muertos serían vestidos por última vez.
Los silenciosos ixiles, que se habían aglutinado a la entrada del templo, ingresaron al lugar: a la derecha se situaron las mujeres que, entre sus telas, sostenían velas y flores; a la izquierda, los hombres, con su sombrero entre las manos.
“Aquí tienen a sus familiares para compartir con ellos. Ellos dan testimonio de lo que se vivió durante la guerra”, dijo Maximiliano Perén, de la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (Conavigua).
Uno a uno fueron llamados los familiares de las 19 víctimas. Llegaba uno de los momentos más emotivos: los huesos iban a ser extraídos de las bolsas de papel que contenían los ataúdes, para que cada familia, con la ayuda del personal de la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG), los vistiera y los colocara de nuevo en las cajas.
Recomposición de restos
El primer osario abierto fue el de Luis López. Con mucho mimo, sus familiares fueron recomponiendo su osamenta sobre las ropas compradas para la ocasión. Cuando el cuerpo estuvo armado y arropado, se colocó el cráneo envuelto en un pañuelo.
Cada vez que se abría una caja, se destapaba el recuerdo de las víctimas muertas entre 1981 y 1983. Las personas presentes en el lugar, que hasta entonces estaban sentadas en las bancas, se desplazaban hacia el altar de la iglesia para rodear los ataúdes. Para ese entonces, el olor a pino se mezclaba con el incienso, los llantos y las flores.
“Fueron años difíciles. El Ejército venía a la aldea, nos atacaba, quemaba nuestras casas y tuvimos que huir a las montañas. Mi papá enfermó, y como no pudimos darle nada, murió.
Lo tuvimos que enterrar donde pudimos. Ahora, después de la firma de los acuerdos de paz y tras años de esfuerzo, podrá descansar”, indicó Miguel López, hijo de Luis.
Secuestros, escondites y balas
Los 19 muertos de Tzalbal no fueron víctimas de una misma masacre, sino que fueron encontrados en fosas clandestinas diferentes —la mayoría de ellas, individuales—, exhumadas a mediados de 2003.
Algunas de las víctimas fueron secuestradas y asesinadas por los militares, otras murieron en las montañas —desnutridas o enfermas— cuando escapaban del Ejército.
En otros casos, los ixiles fueron víctimas de las balas de los soldados, cuando estaban escondidos lejos de su aldea.
Entre todas las historias que se rememoraron en Tzalbal la semana recién pasada, destacó la de la familia de Diego Chel Guzaro. Él recibió los restos de cinco familiares: tres hermanos, su mamá y su abuela.
“El Ejército los mató cuando estábamos escondidos. Primero a dos, y luego a tres. Yo no lo recuerdo muy bien, tendría unos 8 ó 9 años, pero mis familiares me contaron dónde los enterraron, y así hemos podido recuperarlos”, señaló Diego.
La emoción con la que los mayores, como Diego, vivían la colocación de osamentas contrastaba con los rostros de los niños. Algunos, de vez en cuando, se acercaban curiosos para ver “los esqueletos”, mientras que otros correteaban fuera del templo, ajenos a lo que ocurría en el interior.
“Yo sé lo que pasó porque mi mamá me lo contó. Pero los niños y otros jóvenes no lo saben, porque nadie se los recuerda. No se sabe todo lo que se sufrió”, dijo Petrona de Paz, de 16 años.
Una vez terminado el proceso de vestir y colocar en sus ataúdes las 19 osamentas, se ofició una misa. La emoción no se pudo ocultar durante la homilía, y varias personas no dudaron en acercarse al altar, donde estaban las osamentas, para, frente a ellas, derramar lágrimas.
Larga noche antes del entierro
Cuando concluyó el oficio, a eso de las 17 horas, los familiares cargaron los osarios y los llevaron a sus casas para velarlos. La lluvia se hizo presente.
Uno de los hogares más concurridos fue el de Diego Chel Guzaro, con sus cinco fallecidos.
En la sala, familiares y amigos compartían, rezaban y se consolaban, acompañados de una guitarra y un violín.
En la cocina, las mujeres preparaban los alimentos —tamales, caldo y huevos— con que harían frente a la larga noche.
En un ambiente en que se mezclaban los llantos, las suaves palabras y alguna que otra sonrisa fueron pasando las horas.
La llegada del nuevo día, el jueves, fue anunciada por los rayos que empezaron a filtrarse por los huecos que dejaban las maderas de la cocina.
Para ese entonces, la música prácticamente había cesado, y en la casa donde se velaba a María Chel Bernal —a la par de la de Diego Chel Guzaro—, dos hombres amanecían dormidos, uno a cada lado del ataúd de la difunta.
Era la hora de ir a enterrar a los muertos. Los primeros en salir fueron los cinco cuerpos de la casa de Diego.
Al frente de la comitiva se situaron los músicos, cuyas notas reñían con el estruendo de los cohetes que quemaban los niños.
A su paso, camino al cementerio, otras familias se sumaban al desfile.
Tras un recorrido de 30 minutos, los pasos se interrumpieron. Antes de enterrar a los fallecidos, las cajas fueron colocadas en El Calvario, para que convivieran por última vez familiares y difuntos.
Varias mujeres, como Jacinta Raymundo, de rodillas ante los ataúdes los golpeaban, como si quisieran preguntarse la razón de las muertes.
Para ese entonces, varios hombres, adelantados a la comitiva de los difuntos, ya habían cavado los hoyos donde serían enterrados. Estaba todo listo.
Cada familia comenzó a colocar a sus muertos en los fosos: un último rezo, cantos y tierra. Sobre las tumbas, flores, velas y cruces de madera.
Los familiares, más allá de su tristeza, no podían dejar de expresar cierta alegría. “Hoy hemos enterrado a mi papá, junto a su mamá, para que descanse en paz. El 1 de noviembre, por primera vez, podremos rezarles juntos. Toda la familia estará reunida”, dijo Miguel, hijo de Luis López.
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