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Guatemala, domingo 26 de septiembre de 2004

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Opinión

LA BUENA NOTICIA
El rico y el pobre

“Había una vez un hombre rico que diariamente se daba espléndidos banquetes y uno pobre llamado Lázaro, cubierto de llagas y deseando calmar el hambre” (Lucas 16, 19-20).
Por: Víctor M. Ruano

Nueva York acaba de ser sede de la primera Cumbre contra el Hambre y la Pobreza, iniciativa que contó con la participación de 50 países y la adhesión posterior de otros 60. La presencia de las naciones ricas fue mínima.

El Vaticano participó con su secretario de Estado, cardenal Angelo Sodano, para patentizar la adhesión personal del Papa y expresar el compromiso de la Iglesia, que siempre ha estado solícita a servir a los pobres y a examinar nuevas formas de lucha contra el hambre y la exclusión.

La Cumbre suscitó una mayor conciencia para reducir la pobreza a la mitad en los próximos 10 años. Si se quiere un compromiso coherente de parte de las naciones ricas éstas deberán aportar entre el 0.5 por ciento y el 10 por ciento de su Producto Interno Bruto.

Es urgente que los fondos destinados al desarrollo de los pueblos pobres se dupliquen. De US$50 mil millones, hay que pasar a US$100 mil millones anualmente para que no mueran de hambre 24 mil personas cada día. Es una vergüenza que mil millones de personas vivan con Q5 diarios o menos, mientras pocos nadan en la opulencia y el despilfarro.

La situación se agrava frente a los procesos de globalización económica que generan riqueza, pero provocan desequilibrios económicos cada vez más grandes, tanto que las diferencias entre países ricos y pobres hoy es mayor que antes.

Mientras unos países crecen, otros están estancados y muchos otros se encuentran en una gravísima situación de colapso económico. Hoy en 54 países el ingreso “per cápita” es menor de lo que era hace 10 años.

Esta realidad es alarmante, sobre todo, cuando se sabe de la existencia de recursos para que no haya hambre y de las estrategias que se deben implementar. Simplemente falta buena voluntad.

Los ricos no quieren ver que a la puerta de sus casas o naciones yacen millones de pobres cubiertos de llagas que ansían saciarse de lo que cae de sus mesas, mientras ellos, encerrados en su egoísmo, se visten de púrpura y lino finísimo y cada día derrochan en espléndidos banquetes.

Los ingentes recursos dedicados a la guerra, al despilfarro, a la corrupción y a las exigencias de una sociedad consumista y materialista hacen que la parábola del hombre rico y Lázaro el pobre siga siendo el vivo reflejo de esa lacerante desigualdad y, al mismo tiempo, constituya un firme apelo a todos para despertar nuevas formas de solidaridad y una nueva imaginación de la caridad para vivir en un mundo donde no haya ningún Lázaro, cuyas llagas lamen los perros.

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