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Guatemala, lunes 27 de septiembre de 2004

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Opinión

TASSOLILOQUIOS
Descanse en paz, Maco Barrios!

Los muchos amigos fieles que lo acompañaron hasta su última morada en el cementerio Los Cipreses recordaban su franca sonrisa que iluminaba su rostro contra vientos y mareas y su disponibilidad incondicional para causas nobles.
Por: Tasso Hadjidodou

Escribir sobre un amigo que fallece despierta las diferentes vidas que componen la vida de todo ser, la del difunto y la del amigo que acepta el reto de escribir, ambas entrecruzándose.

Nos conocimos hace muchos años en las sendas del periodismo. Lamento sinceramente no haberlo tratado más.

Padre de mi ahijada Mónica Clarisa, Marco Tulio Barrios o Maco Barrios con seriedad y pasión, desempeñó como comunicador social de altos kilates y durante varios decenios, papeles importantes en medios de comunicación de distinta índole, siendo su último puesto de trabajo en el Congreso de la República de Guatemala.

Nos vimos, pocos días antes de su fallecimiento, en el Centro Histórico, a unos pasos de mi apartamento, sin imaginarme que fuera la última vez. Los muchos amigos fieles que lo acompañaron hasta su última morada en el cementerio Los Cipreses recordaban su franca sonrisa que iluminaba su rostro contra vientos y mareas y su disponibilidad incondicional para causas nobles.

Para doña María, su suegra, para Oli, su esposa, para Vinicio, Diana y su hijita, para Clarisa, su hija, demás miembros de la familia y amigos, mis más sinceras condolencias. Para el gremio periodístico mi más sentido pésame, ya que se ha ido un gran reportero, un elemento valioso del periodismo guatemalteco, un chapín orgulloso de serlo.

Me recuerdo de la alegría de instalar a su familia en casa propia en Ciudad San Cristóbal, hace ya algunos años. Y también sus tanes de jardinero.

Cuando mi padre falleció acababa yo de finalizar mis estudios secundarios y preparaba el examen de ingreso a las Escuelas Especiales de la Universidad de Lovaina, Bélgica. También él tenía cincuenta y ocho años, como Maco.

Al ver los hijos huérfanos de Maco volví a vivir estos instantes trágicos, cuando la vida de uno nunca más vuelve a ser la misma. La estrecha unión de los que sobreviven es el mejor homenaje al difunto. El inagotable arcón de recuerdos es el refugio ideal para seguir adelante por amor al ser querido. Entonces, en el más allá, Maco no tardará en recuperar su sonrisa.

Su hijo Vinicio, por su lado, considera que vio a su padre muy feliz en dos circunstancias: cuando se graduó como periodista profesional en la USAC, y cuando le entregaron su libro “Grandezas y Miserias del periodismo en Guatemala”.

Conservo, como si fuera ayer, en mi recóndito arcón de imágenes imperecederas, su radiante rostro de satisfacción cuando me dio en el Congreso, el 15 de abril, el abrazo de felicitación de fiel amigo, por habérseme otorgado la Orden del Soberano Congreso. Parecía él el homenajeado.

A sabiendas que tenía sensibilidad social, había compartido con él nuestra alegría de cambiar la Rosa de la Paz con todos los que componen la Asociación Cuarto Mundo, que cumple sus bodas de plata en Guatemala y que se dedica a las familias más necesitadas, prometiéndome él asistir a las actividades. Pensaremos en él este día 29, en el Patio de la Paz del Palacio Nacional de la Cultura.

Recordando lo que escribió Manuel José Arce al despedir al Gato Flaco, digámosle al unísono: “Que los ángeles te reciban con chirimías alegres y marimbas parranderas!”

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