|
DE MIS NOTAS Hasta cuándo con el IGSS
Duele, con dolor de crucifixión, que notables técnicos especialistas tengan la solución de la reingeniería del IGSS en la mano desde hace décadas.
Por:
Alfred Kaltschmitt
Tierra de contrastes esta nuestra chapinlandia, que uno se cansa de señalar los desórdenes domésticos de las instituciones, que como el IGSS, hacen sudar la gota amarga y abonan aún más a la problemática existencial de los guatemaltecos.
El tema sale mientras estoy esperando cita en la antesala de mi oftalmólogo, Dr. Sigfrido Rodas. Mientras ojeo un ejemplar de Prensa Libre, la noticia del caos por la falta de medicinas me hace levantar el ceño y hacer un movimiento negativo con la cabeza.
La secretaria se percata de ese lenguaje corporal y me dice: “Ay usted, eso esta cada día peor.
Le cuento que a mediados de marzo me presenté para una consulta por un mi problema de salud y la cita me la dieron para finales de junio. Le dije al empleado del IGSS que yo no estaba pidiendo limosna, que pagaba de mi salario todos los meses y que era una barbaridad que me trataran de esa manera.
¿Qué le pasa señor, está usted loco o qué? Le dije ¿Cómo voy a venir dentro de tres meses si tengo una enfermedad que me aqueja hoy?”, finalizó diciendo la señora muy airada.
Al continuar leyendo el reportaje de Prensa Libre, me impacta la fotografía mostrando una sala de espera saturada de pacientes con miradas de estoica paciencia. Una paciencia de país tercermundista, desordenado, ineficiente, atrasado y corrupto.
Un retrato en el tiempo de una institución asaltada desde su fundación por el cáncer politiquero de los gobiernos de turno, que le han impedido desarrollarse chupándole como vampiro la esencia de su razón de ser, su razón de servicio social.
Y dentro de las causas de su eterno atraso, el enquistamiento de un liderazgo sindical abyecto e irresponsable, para quien el servicio y la atención a los afiliados siempre ha sido secundario a la sobrevivencia de la organización sindical.
Sus jugosas prebendas, sus demandas laborales, sus ilógicas cuitas politiqueras, utilizando siempre el fantasma de la privatización como estandarte de justificación para desaforar a cualquiera que llegue con deseos de hacerle profundos cambios estructurales en la institución, y de paso mandarlos al carajo.
Se han opuesto a todo lo que les resta protagonismo, todo lo que les pueda quitar de en medio, todo que los haga innecesarios y dispensables. Mientras a los pacientes les nacen telarañas, robándoles horas y meses de tediosa y angustiosa espera, mendigando un servicio pésimo, clamando por una cita o un medicamento para una dolencia de hoy y recibiendo, ¡Oh colmo!, la promesa de otra espera atada a la incertidumbre de una atención futura.
Duele, con dolor de crucifixión, que notables técnicos especialistas tengan la solución de la reingeniería del IGSS desde hace décadas en la mano sin que sea posible convencer a los sindicatos y al Congreso de turno aplicarla.
La fórmula es tan simple que duele. Resulta que los fondos del IGSS alcanzarían para pagarle a cada usuario una atención médica privada y la compra de medicamentos desde cualquier parte de la República.
Un simple vale pagaría al médico de su escogencia el servicio. Otro vale similar compraría la medicina en la farmacia del barrio. Hasta cirugías mayores podrían hacerse en hospitales privados en forma más eficiente y más económica que la encontrada en ese laberinto de corrupción e ineficiencia llamado IGSS. ¡Y esto no es privatizar, tarados!
Buenos empleados hay en el IGSS, no se puede generalizar. Son ellos los que podrían permanecer dentro de la estructura administrativa mínima que esta reingeniería requiere.
El IGSS ya no cumple con los objetivos para los cuales fue creado y el servicio que dispensa es ineficiente e indigno. Es hora de hacer algo.
¡Aló, Congreso!
|