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Una vida de encierro y oscuridad
Candelaria Sactic sobrevive desde hace un año en diminuta casa
Por:
Claudia Munaiz
Periodismo comunitario
El terrible hallazgo fue fruto de la casualidad: Candelaria Sactic, de 24 años, sobrevive encerrada desde hace un año en una diminuta casa de cemento y madera, en la aldea El Porvenir, San Lucas Tolimán, Sololá, en condiciones infrahumanas.
Cuando Prensa Libre llegó al lugar para verificar la situación de riesgo en que vive la población por la lluvias, se topó con la noticia. La joven daba gritos que se escuchaban al otro lado de la puerta.
Su madre, Juliana Sactic, de 58 años, explicó que su hija padece trastornos mentales, y que cuando intenta sacarla de ahí, la muchacha le pega y sale corriendo montaña abajo.
Sactic enseñó un pequeño agujero en el tejado de la habitación por donde a diario le da alimentos a su hija: una tortilla, frijoles y un poco de agua.
La tragedia persigue a esta comunidad, que en septiembre del 2002 quedó prácticamente soterrada por un deslave que mató a 36 personas, entre ellas, 10 niños.
El caso es dramático, ya que, debido a su extrema pobreza, la familia Sactic no sabe qué hacer con Candelaria, que sufre, al parecer, algún desequilibrio síquico.
La joven vive en la más absoluta oscuridad y sola, ya que todos los habitantes se trasladaron a otra aldea, a un lugar seguro.
El sicólogo Luis Tuchán instó a las autoridades a trasladar a la joven a un sanatorio, con urgencia, ya que “su salud mental empeorará, y la de sus familiares también”.
El experto indicó: “El caso de El Porvenir debe ser sólo uno de los cientos que existen a nivel nacional”.
Ludwig Ovalle, director del Hospital General San Juan de Dios, dijo que hay que hacer un diagnóstico biológico, y luego mental”.
El funcionario se comprometió a coordinar el ingreso urgente de la joven en el Hospital de Salud Mental.
Testimonio: “Le pega a sus papás”
Los vecinos de El Porvenir se acuerdan muy bien de Candelaria, ya que hasta hace menos de un año era su vecina. “No le funciona la cabeza, cuando le abrían la puerta, le pegaba a su papá y a su mamá. Y después se iba desnuda por el monte”, afirmó el vecino Tomás Abuchán.
Abuchán se salvó del deslave y ahora sólo sube a trabajar a su terreno. Como la suya, 70 familias buscan otro porvenir lejos de allí.
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