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EDITORIAL García emerge de sus cenizas
La elección de Alan García Pérez como presidente de Perú, al cabo de 16 años de haber salido del Gobierno por la puerta de atrás, es un caso sorprendente en la política latinoamericana, porque los riesgos representados por su rival llevaron a los peruanos a votar por el mal menor.
García escribe una página inédita al volver al Gobierno después de haberlo dejado, en 1990, rodeado de ignominia, por haber sumido a aquel país en una bancarrota moral, económica y política.
Muchos de quienes eligieron a García el domingo eran niños cuando aquel gobernó por primera vez, y por eso no recuerdan en toda su crudeza el impacto de sus desaciertos. Sin embargo, también influyó en su victoria la vigencia, la disciplina, la fidelidad y el sentido de servicio y pertenencia de los miembros del aprismo, cultivados de manera mística en torno del pensamiento de su fundador, Víctor Raúl Haya de la Torre, de quien el nuevo presidente se presenta como heredero ideológico.
Y aunque parezca irónico, el otro gran elector de García fue su rival, Ollanta Humala, gracias a su discurso populista, radical y agresivo, y a los temores e incertidumbre que eso generó.
No obstante la victoria obtenida por ese mismo método por Evo Morales, en Bolivia, en el caso del Perú fracasó ese populismo a ultranza instigado por el presidente venezolano Hugo Chávez, lo cual puede interpretarse en distintos sentidos, entre ellos, que esa forma de atraer votos no siempre tiene resultados entre los electores, por más necesitados que estén, porque al final de cuentas lo que éstos quieren son soluciones a sus problemas, sin importarles el ropaje ideológico del proponente.
Ese es, por cierto, el caso de la reelección del presidente Álvaro Uribe, en Colombia, y cuya victoria, sumada a ésta de García, representan golpes contundentes contra la corriente neosocialista en América Latina y un mensaje categórico respecto de que la compra de conciencias no funciona con candidatos que no llenan las expectativas.
Alan García manejó con audacia los miedos generados por Humala y su inexperiencia política, y le dio resultado, porque inclusive la derecha peruana, crítica acérrima de su clásica demagogia delirante, se vio obligada a apoyarlo, para evitar el triunfo de un adversario radicalizado y, de paso, truncar los sueños de Chávez de extender la influencia del eje La Habana-Caracas-La Paz.
Pero García debe tener claro que su victoria es más bien fruto de las circunstancias que de méritos propios, y evitar, por ello, caer en la tentación de manejar a Perú como si su hubiese recibido un cheque en blanco, porque, más que votar por él, en realidad los peruanos lo hicieron a favor de la democracia.
La desconfianza en García, a causa de su vergonzoso pasado, debe ser suficiente motivo para que los peruanos se mantengan vigilantes de sus actuaciones, para evitar que caiga de nuevo en la tentación de la arbitrariedad.
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