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EDITORIAL Se agotó la vida de los “fondos”
La duplicidad de funciones en distintas esferas del Gobierno, causa, a su vez, de derroche de fondos, anarquía, burocracia y corrupción, recuerda a los distintos actores sociales, con los funcionarios a la cabeza, la necesidad de retomar la reforma del Estado pero en una forma integral, profunda y responsable.
La negativa del Congreso a prorrogar la vigencia del Fondo de Inversión Social (FIS), uno de los pocos actos sensatos de los diputados, es acertada desde la perspectiva de la necesidad de poner coto al desorden característico en el trabajo del Estado, el cual impide que la obra pública y otros satisfactores sociales lleguen en tiempo los necesitados.
Es lamentable que el Ejecutivo no haya dimensionado los alcances de la medida del Congreso y se haya propuesto, en contraposición a la supuesta meta política de reducir el tamaño del Gobierno, crear otro órgano que aglutine los objetivos de ese ente y del Fondo Nacional para la Paz (Fonapaz).
Indudablemente, ambas instituciones entraron en un proceso de muerte natural, empujadas por su imposibilidad de cumplir con los fines para los cuales fueron creadas, y ahogadas en la ineficiencia y la falta de resultados para dar solución a prioridades de los sectores más excluidos, olvidados y empobrecidos de la Nación, en consonancia con los compromisos asumidos por el Estado en los acuerdos de paz.
Los fondos fueron creados con el propósito de obviar la ancestral característica parsimoniosa del Estado para llevar a la práctica las políticas sociales. Se esperaba que durante su vigencia lograran cambiar de manera significativa el calamitoso estado de los indicadores sociales, mientras se reformaba el Estado con dos objetivos: reducir su tamaño y hacerlo eficiente.
No sucedió ni una cosa ni otra, porque el trabajo de los fondos gravita en el ámbito de lo modesto e intrascendente, mientras el Ejecutivo continúa arrastrando un lastre que le impide caminar, con el agravante de que aquellas entidades, ministerios, secretarías y consejos de desarrollo realizan actividades similares por senderos distintos y sin coordinación. No es raro, por eso, encontrarlos dedicados a los mismos proyectos, sin estar enterados entre ellos.
Lejos de destacarse por sus logros sociales, la característica más conocida de esas dependencias es su instrumentación y empleo con fines políticos, tanto en las obras que programan como en el paso por sus jefaturas de individuos a quienes los distintos gobiernos han deseado pagarles favores de proselitismo o para darles la oportunidad de forjarse figura de presidenciables.
Ese puede ser el futuro que le espera a la institución en ciernes, porque pese a las buenas intenciones de servicio que pueda tener el actual gobierno, la experiencia copiosa demuestra que en época de proselitismo electoral los recursos del Estado se convierten en tentación inevitable para la caza de votos.
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