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REVELACIONES “No somos poetas”
La palabra de Carolina hace que todo se transforme
Por:
Margarita Carrera
Así se titula el cuarto poemario de Carolina Escobar Sarti. La obra, bellamente editada por F&G, contiene un poema extenso, intenso, mayúsculo, cuyo enigma, cuyo fulgor, se encuentra en el índice que, sabiamente leído, es el primer gran poema en este caminar por el sendero del verbo.
Desde ahí el canto. Desde ahí la afirmación de "No somos poetas/ somos apenas amantes". Y el amor conduce a la palabra que nos forja humanos: "(Antes de ti/ yo era animal/ ahora soy lenguaje)". Amor y palabra realizando el milagro al volvernos diversa y fatal especie animal, con ansias de eternidad: hombres y mujeres, con su mágico cincel: "Escritores de epitafios/ en las paredes de la historia". ¿Qué más se necesita?
La palabra de Carolina surgida desde la cumbre, o desde el abismo, desde dentro o desde fuera, hace que todo se transforme. Un nosotros, que es un yo lejano, que es un él o ella, que es un tú amante.
Conjugándose una y otra vez Eros y Tánatos, "presencias fundantes de este intensísimo y hermoso decir poético", al decir de Pedro Lastra (destacado poeta y crítico chileno).
Tejedora de símbolos, incansable labor pero en un contento que disipa abulia, con la aguja que desafía, enfrenta y rescata de la muerte, a un ser y no ser Dios-Padre: en medio de citas bíblicas: "En el principio creó Dios los cielos y la Tierra": Génesis 1-1.
Para luego recordarnos que "...el Tiempo está cerca" del Apoclipsis 12:3. "Rodamos palabra/ sobre palabra/ por la orilla del tiempo..." ¿Cuál otro si no, es el oficio del poeta? Rodar palabras como Sísifo llevando a cuestas la piedra hacia la cúspide, sinónimo de vida, pero que, desafiante, insiste en su caída, sinónimo de muerte. Un Sísifo incansable en su divino y cruel destino que forja y recuerda nuestro destino. Y en este ir y venir de palabras se conjuga la eternidad. En medio de todo, el agua de nuestro planeta, el agua de donde surge la vida, el agua que es lluvia, el agua que es río, el agua que es llanto, el agua que es mar: "Agua soy/ que lame el vacío/ en su madrugada/ lluvia que cae, se repliega/ se empoza, inunda,/ se evapora/ y termina siempre/ siendo mar".
Carolina no se empecina en lo sórdido. Y no porque en lo sórdido no se halle también poesía, sino porque no le va, no le apetece. Está contenta con su fulgor interno, con la luz que irradia, con la palabra sacrosanta que la habita.
El regocijo que encuentra en su decir poético nos llega como un viento suave y audaz, un viento que gira en su propia sintaxis, en un ritmo propio, en su música interna. La mayor aventura: ser su propia voz, su propio reflejo en el espejo de la vida que conjuga el amor con la fugacidad del tiempo, del tiempo-amor que nos hunde en lo eterno.
Observemos en dónde logra plasmar Carolina sus palabras, en qué lugares precisos y dramáticos: "Escribir/ en la esquina del vértigo/ en el umbral de la puerta/ en la despedida/ en la orilla/ en el cadalso del condenado/ en el patíbulo..." Un escribir que acepta como signo trágico al llevarlo a cabo en "la profundidad del abismo" y en "la obstinada muerte/ de fulgores condenados".
Nuevamente Carolina Escobar Sarti nos conmueve en su quehacer poético. Nada fácil por cierto. Un quehacer que ha ido forjando y transformando en una obra insólita que la alumbra y nos deslumbra.
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