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Guatemala, domingo 01 de abril de 2007

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Opinión

EDITORIAL
Cuando muerte significa vida

Hoy hace ocho días, un niño anónimo, de 13 años de edad, muerto en un accidente de tránsito, fue el protagonista de uno de los actos más sublimes de amor por el prójimo, al haber sido donados sus riñones para prolongar la vida de una pequeña de 9 años y un joven de 18, aquejados de insuficiencia renal.

Velky y el otro favorecido con la donación fueron afortunados al haber hallado a una familia sensible, que en medio del dolor por la pérdida de un ser entrañable, tomó la sabia decisión de permitir el trasplante de los órganos del hijo fallecido, consciente de que con ese gesto altruista contribuía a dar vida a dos seres humanos condenados a una muerte segura.

Pero hay muchos niños guatemaltecos, de los cien casos de insuficiencia renal que se detectan cada año en ese sector, sometidos a un doloroso calvario que poco a poco les arrebata la existencia, y con ello, todos sus sueños e ilusiones.

Aparte de la incidencia de aquella dolencia en el ámbito infantil, hay en Guatemala unos dos mil pacientes con insuficiencia renal que están a la espera de trasplante de riñón, y se calcula la incidencia futura en 35 casos por cada mil personas.

De acuerdo con estadísticas de entidades especializadas, sólo el 20 por ciento de ellos logra conseguir donante, mientras que unos 900 sobreviven precariamente con tratamiento de hemodiálisis en instancias estatales, y mil 100 deben desembolsar sumas que pueden llegar hasta Q85 mil por año por recibir atención facultativa particular.

Muchas de estas batallas contra la muerte se podrían ganar si existiera en Guatemala una cultura de donación de órganos, a partir del convencimiento público de que se trata del mayor acto de desprendimiento y bondad entre seres humanos, y que es, además, una excelente terapia para sanar las heridas del dolor derivado de la muerte de un ser amado.

Se tiende a ser indiferente con esta necesidad humana, porque existe la propensión a creer que uno no estará nunca en el lugar de los necesitados de trasplantes, ni entre quienes podrían tener una segunda oportunidad de vivir gracias a aquella decisión solidaria y de alto sentido moral y cristiano, pues, parafraseando lo dicho por Jesucristo, respecto de su sacrificio supremo por la humanidad, no hay amor más grande que el de quien da la vida por sus amigos.

Y eso ocurre cuando se dona el órgano de una persona desahuciada, con el beneficio de que parte de su vitalidad sigue latiendo en otro ser humano, como testimonio de infinita bondad.

Hace 11 años se emitió en Guatemala una ley para legalizar el trasplante de órganos, en base de una cesión hecha en forma voluntaria y expresa. No obstante eso, se ha caminado poco en crear la conciencia necesaria para evitar que se pierdan órganos y tejidos de personas con muerte cerebral, mientras en otras naciones, como España y Estados Unidos, miles han podido iniciar una nueva vida, gracias a la coincidencia de técnica y generosidad.

Los guatemaltecos son herederos de una larga tradición de fraternidad. En los momentos difíciles de sus compatriotas han acudido, sin condiciones, en su auxilio, y gracias a ello la sociedad ha podido superar retos y embates de la naturaleza, como terremotos e inundaciones. Ahora es el tiempo de cultivar esta nueva forma de abnegación y caridad, que representa la diferencia entre la vida y la muerte.

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