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LA BUENA NOTICIA Domingo de Ramos sin Hosanna
Jerusalén no será el lugar del triunfo popular del Cristo, sino el escenario de su rechazo y de su muerte.
Por:
Víctor Hugo Palma Paúl
Quien ponga atención al breve texto bíblico que se leerá este Domingo de Ramos 2007 antes de la procesión con las palmas, notará que falta la palabra “Hosanna”. Literalmente ese término tan famoso se traduce como “Salva, ten piedad” (Hosyáh= salva; náh = pues, en sentido de súplica).
En su origen no tenía nada que ver con un “viva” alegre, pero su uso en la misma liturgia judía de los tiempos de Cristo la había convertido en la expresión de acogida del Mesías tan esperado.
Y así aparece en la entrada de Jesús en Jerusalén, según los evangelios de Mateo y Marcos, e incluso en Juan: ¡una invocación convertida en grito aclamatorio! que junto a las “ramas cortadas en el camino” manifestaba el anhelo humano expresado por la muchedumbre de aquel primer Domingo de Ramos: la emoción de haber encontrado finalmente y fácilmente a quien resolvería de una vez por todas el drama del dolor cotidiano provocado por la violencia, el egoísmo, la mentira, la injusticia y toda clase de destrucción del hombre por el hombre.
Lucas, sin embargo, nos da un Domingo de Ramos “sin Hosanna”, y con ello deja claro que Jerusalén no será el lugar del triunfo popular del Cristo, sino el escenario de su rechazo y de su muerte, porque “él sí es un verdadero profeta de aquellos que mueren en Jerusalén” (Lc. 13, 34).
Además, siempre según Lucas, quienes acompañan a Jesús aclamándolo no son las gentes embriagadas de una solución rápida y gratuita, sino sólo sus discípulos: aquellos que en su caminar con Cristo habrían aprendido a ver las cosas de un modo diferente.
La muchedumbre, presa de lo inmediato y de sus temores e intereses, volverá a alzar su voz para pedir la muerte del que comenzó aclamando: por ello, luego de la lectura de la “entrada triunfante en Jerusalén” se escuchará la Pasión y se podrá advertir fácilmente el “cambio de opinión y de voto popular” de los hijos de Jerusalén: “Crucifícalo, que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (Lc 23, 21: Mt 27,25).
De este modo, la Liturgia de este día no es engañosa: al contrario, denuncia, hace ver la variabilidad del espíritu humano, su poco amor a la verdad completa y, en el fondo, el drama de su confusión y pobreza creciente: tan creciente como las ofertas de salvación sin cruz que traen Mesías sin honestidad.
Queda abierta otra posibilidad: la de entrar con Cristo en Jerusalén -es decir la sociedad de siempre- “sin hosannas populares” y jalando el burrito humilde de un Señor humilde. Pero eso sí: en la actitud de los discípulos auténticos que rechazan el poder del éxito y del bienestar “de ocasión” y tienen el don del Espíritu para resistir a lo injusto y compartir a fondo la suerte de los que dicen la verdad y aman hasta la entrega de la propia vida.
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