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Guatemala, viernes 18 de mayo de 2007

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Cultura

REVELACIONES
Don Edelberto y Gómez Carrillo

Por: Margarita Carrera

Por los años 1949 -1950 conocí a don Edelberto Torres Espinoza. Era yo una joven de 19 años y él un hombre maduro. Por entonces, Ministro de Educación Pública en época de la Revolución de Octubre de 1944.

Llegué a buscarlo al Palacio Nacional (ahora de la Cultura) para entregarle mi primer libro de poesía: Poemas pequeños y solicitar su publicación.

Recuerdo cuán amable fue conmigo al recibir el libro. Me dijo que pronto daría respuesta a mi pedido. Para mi asombro, el libro fue editado en 1951 por Costa Amic, quien trabajaba en la Editorial del Ministerio.

Don Edelberto era conocido, desde entonces, por su sensibilidad y gran erudición. Fui citada para recibir 100 ejemplares del poemario. Pasaron los años y llegó el fatídico 1954. Ya no lo volví a ver.

Al leer Enrique Gómez Carrillo, el cronista errante, recién editado con excelencia por F&G, compruebo el magnífico biógrafo que es este escritor nicaragüense.

Su hijo, Edelberto Torres-Rivas relata cómo, en 1956, Aída Martínez publicó la primera edición.

Torres Espinoza también tiene una biografía de Rubén Darío, que siempre he querido leer. “Su vocación de biógrafo continuó al interesarse en la enojosa amistad de éste con Gómez Carrillo, pero sobre todo por la vitalidad de sus crónicas y su personalidad arrolladora en el seno de la Escena francesa”, escribe en el prólogo su hijo Edelberto Torres-Rivas.

Para Carlos Wyld Ospina, Gómez Carrillo, tanto en su vida como en su obra, se veía dominado por la sensualidad: “los sentidos tuvieron en él plena soberanía”. Es lo “dionisíaco” que también se da en Darío. “Su estilo, trasunto cabal de su temperamento, es pura y grácil sensualidad”.

Pero, además, Gómez Carrillo era un hombre que no se mantenía en un solo lugar. Erraba de un país a otro. Si es verdad que la biografía participa de la historia, en ésta de Torres Espinoza, participa también la sensibilidad del biógrafo.

No es extraño que éste afirme que Gómez Carrillo, de haber nacido antes, hubiese sido un hombre del Renacimiento. Además, un soberbio sobreviviente de los modernistas.

De ahí su entrega a los cinco sentidos a los que rendía culto.

Al referirse a Provenza, Rivas hace esta cita de G. Carrillo: “Las sombras de Petrarca y Laura tienen que recibirnos fraternalmente; es la tierra de los trovadores, de los castillos, de las leyendas de amor, de los olivares plateados, de los vinos color de rosa”.

Difícilmente hubiera sobrevivido en Guatemala como el escritor que fue. Ya cerca de la muerte, Rivas escribe estas palabras propias de un excelente literato: “Los días pasaban lentos, cargados de pesadumbre y presagiosos de duelo. El otoño había derribado despiadadamente los follajes y llenaba de gris melancolía el ambiente”.

Pero mucho antes, Gómez Carrillo había escrito estas felices palabras: “He amado, he soñado, he creído, he esperado, he sido libre, me he embriagado en todas las copas de la pasión, he orado en todos los santuarios del mundo, y si he padecido, también he gozado. Por eso, cuando medito en mi suerte, le doy gracias al Cielo, que me la deparó tal cual es”.

Cita que rescata Rivas Espinoza en su obra de 420 páginas, pero que se lee cual una novela llena de pasión. Lo mismo que el libro de Alfonso Enrique Barrientos: Enrique Gómez Carrillo (303 páginas), que tuvo como fuente indispensable esta notable biografía de Torres Espinoza.

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