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Guatemala, domingo 11 de noviembre de 2007

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Opinión

LA BUENA NOTICIA
Constructores de la sociedad

Urgen líderes de fuerte personalidad, de vocación abnegada y coherentes con sus convicciones éticas.
Por: Víctor M. Ruano

Desde las orientaciones pastorales de Puebla (1979), los constructores de la sociedad pluralista en América Latina son: los intelectuales, universitarios, científicos, técnicos, artistas, responsables de los medios de comunicación social, juristas, obreros, campesinos, economistas, empresarios, militares y funcionarios públicos.

También los políticos, hombres y mujeres de gobierno, para quienes, de acuerdo con la doctrina social de la Iglesia, “solo Dios es la fuente de su autoridad y el fundamento de sus leyes por mediación del pueblo” (DP 1238).

Sobre ese principio se legitima la autoridad de los políticos serios y con vocación de líderes, se consolidan los procesos democráticos y las sociedades avanzan hacia el desarrollo integral, ya que implica la responsabilidad de ejercer la autoridad inspirados por el Dios Amor y con la conciencia de que es un servicio delegado por el pueblo y en su representación.

Tal principio permite impregnar de valores la democracia, puesto que una democracia sin una adecuada visión ética que la inspire y sostenga “se vuelve fácilmente una dictadura y termina traicionando al pueblo” (DA 74). Los tiranos ni temen a Dios ni respetan al pueblo.

Por eso intimidan y asesinan, violan la ley y son corruptos; se vinculan al crimen organizado e integran las mafias del narcotráfico. No les importan el estado de Derecho ni el progreso de los pueblos. A tales lacras de la sociedad les favorece la fragilidad del sistema de justicia y la indiferencia o el miedo de la población.

La acción política de toda autoridad legítima y democráticamente elegida es noble y digna, solo si se orienta a consolidar la concordia interior y la seguridad exterior de los ciudadanos y de la sociedad entera, si procede inteligentemente para la mejor conducción de los asuntos públicos de su jurisdicción, si busca la consecución del bien común, si consolida eficientemente la libertad y la justicia, la igualdad y el desarrollo, si promueve una auténtica sociedad participativa, si se comprometen a fondo con la causa de la paz, si con su liderazgo logra una sociedad más justa, humana y solidaria.

Del talante ético que tengan nuestros políticos y de la responsabilidad social de los hombres y mujeres de gobierno depende, en buena parte, el nuevo rumbo que tome nuestro país, desde lo local a lo nacional y viceversa, ahora que ha concluido el proceso electoral.

Ahora bien, para afrontar el gran desafío de la pobreza y la miseria, en el complejo marco de las estructuras injustas que nos rigen, necesitamos, según la enseñanza de Benedicto XVI, líderes de fuerte personalidad y de vocación abnegada que sean coherentes con sus convicciones éticas (cfr. “Discurso inaugural de Aparecida”).

Asumiendo esa orientación, la Iglesia, desde Aparecida, ha manifestado su firme compromiso de acompañar a los constructores de la sociedad, ya que es su vocación fundamental en este sector formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, y educar en las virtudes individuales y políticas (DA 508).

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