|
COLABORACIÓN Un rincón inesperado
Las maravillas son, también, culturales.
Por:
Sebastien Perrot-Minnot
En un país de tantos contrastes, de tantas riquezas naturales y culturales, como es Guatemala, las sorpresas no faltan para el que recorre con pasión los caminos, grandes o pequeños, de la República. Entre el 2003 y el 2004, realicé un reconocimiento arqueológico en los municipios de Santa Bárbara y Patulul (Suchitepéquez), lo que me otorgó inolvidables experiencias, y no solamente en el campo de la Arqueología.
Los paisajes tan diversos y extraordinarios de la zona recuerdan la Isla Misteriosa de la novela de Julio Verne (1874). A medida que subimos la boca costa para acercarnos al volcán Atitlán, se vuelve cada vez más accidentado el terreno, al mostrar peñascos, afloramientos de rocas y quebradas donde corren numerosos ríos y riachuelos.
Por todas partes, las marcas del volcanismo delatan una convulsa historia geológica. En 1853, una de las últimas erupciones del hoy “dormido” volcán Atitlán oscureció el cielo durante varios días.
La tierra fertilizada por la ceniza revela una riqueza excepcional, de la cual se benefician las plantaciones de café, té, nueces de Macadamia, pimienta, limón, naranja, etcétera. Pero podemos apreciar también algunas de las últimas extensiones de selva primaria de la boca costa guatemalteca.
Esta selva representa un santuario para una variada fauna, entre la cual destaca el majestuoso quetzal. Como el “Robinson suizo” en su nueva y extraña tierra, en la novela de Johann Wyss (1812), no podemos saciar nuestra vista de tantas maravillas naturales.
Las maravillas son también culturales. Al recorrer los arduos caminos de terracería, un sinnúmero de elementos, entre discretos detalles y melancólicas ruinas, nos cuenta una milenaria historia.
Algunas fincas encierran montículos y otros vestigios de los antiguos mayas. Entre los siglos VII y X, esos sitios conocieron un florecimiento particular, bajo la influencia de la poderosa cultura de Cotzumalguapa. Cuando llegaron los españoles, en 1524, habitaban en el área poblaciones k’iche’, tz’utujil y kaqchikel.
Desde la década de 1930, varios investigadores se interesaron por la arqueología de la región. Una década más tarde, el artista guatemalteco Antonio Tejeda Fonseca, de la Academia de Bellas Artes, fue a una finca de Santa Bárbara para dibujar dos grandes rocas grabadas. Pero, a menudo, los remanentes prehispánicos, coloniales o modernos permanecen escondidos en su joyero vegetal.
En muchos aspectos, esta parte de la boca costa aparece como un rincón excepcional e inesperado, cuando gran parte del pie de monte y la costa del Pacífico ha sido afectada, en las últimas décadas, por profundas transformaciones.
Se requiere, en este rincón, una firme determinación conservacionista, y vale la pena promover un turismo organizado, responsable y educativo. En las faldas sur del volcán Atitlán, la encantadora reserva natural privada llamada Los Andes, a donde ya llegan pequeños grupos de ecoturistas, constituye una fascinante fuente de inspiración.
|