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CARA PARENS Las propias fronteras
Nuestras fronteras íntimas son límite y posibilidad simultáneos.
Por:
Lucrecia Méndez
La palabra “frontera” tiene una connotación bastante negativa. Una especie de tierra de nadie. Se piensa en las fronteras entre países como espacios de corrupción, contrabando, delincuencia más o menos autorizada. Pero existen otras fronteras -no visibles, pero sí perceptibles- que impregnan la vida cotidiana de cualquier ciudadano, interrelacionando la esfera pública con la privada.
Existen frases hechas que garantizan que para la imaginación, el amor, la ambición, los sueños, la esperanza, la amistad, etcétera, “no existen fronteras”. Y también es cierto lo contrario: a veces pareciera que no existen barreras para la ordinariez, la indiferencia, el dolor, la crueldad, el desaliento.
Cuando los límites sociales son impuestos abusivamente desde el poder, marcan posiciones donde cada quien tendría que colocarse a su debida distancia del otro. Aparte es una respetable privacidad o unas mínimas normas de convivencia.
Pero no cuando la intención es que cada uno debe “saber cuál es su lugar” para permanecer congelado pasivamente con su estereotipo a cuestas: el intelectual anteojudo, la mujercita sacrificada, el rebelde con o sin causa, el pobre incómodo, el que es diferente, etcétera. Como si no fuera posible o justo el cambio.
En la geografía íntima de cada individuo, esas demarcaciones externas se articulan con otras de bordes sutiles e imprecisos. Son las fronteras autoimpuestas por convicción, timidez, miedo y tantos otros factores más bien emocionales o de talante, donde la imaginación frente a lo desconocido puede jugarnos sucio. Es el terror al cambio, al riesgo de fracasar, a pagar precios o a hacer el ridículo. Esa falta de coraje se paga con la eterna duda irresuelta del “¿y si hubiera hecho esto, qué habría pasado?”.
Sin importar si es dentro o fuera de los confines marcados por el sistema, las fronteras individuales operan como zonas de negociación interna y externa. El Yo frente a Sí Mismo, al Otro, los Otros, Nosotros, y viceversa. Lugar abierto a las posibilidades de la imaginación y el cambio. Territorio privilegiado para dar ese difícil primer paso.
Si las condiciones fueron adversas o fracasó la travesía, no tiene caso caer en el cómodo victimismo o en la ingenuidad ramplona del voluntarismo individual, proclamado como nuevo evangelio por esos libritos brillosos tan de moda.
Siempre habrá riesgos, ya que las fronteras simbólicas o emocionales pueden ser tan o más tajantes que las reales. Se requiere lucidez para reconocerlas y mucha astucia para desafiar a quien las marcó, incluso uno mismo, para así entonces emigrar de nuestro país íntimo y redefinir las propias fronteras. Decidirse.
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