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Guatemala, 22 de abril de 2008

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SIEMBRACarlos Enrique Zúñiga FumagalliAcuerdo de sumisión

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Se supone que lo que estamos “negociando” los centroamericanos con la Unión Europea es un “acuerdo de asociación”. “Asociación”, según la Real Academia Española, significa: “Conjunto de los asociados para un mismo fin y, en su caso, persona jurídica por ellos formada”. Cuando profundizamos más sobre lo que el tal acuerdo de asociación realmente conlleva, nos damos cuenta de que debería llamarse de “sumisión: Acto por el cual alguien se somete a otra jurisdicción, renunciando o perdiendo su domicilio y fuero”.

Nos quieren hacer creer que este es otro tratado de libre comercio como el de EE. UU.; un convenio básicamente comercial; sobre aranceles, desgravaciones y contingentes comerciales. Una oportunidad de convertir concesiones unilaterales de acceso de mercado a un tratado con vigencia indefinida… y punto. Los europeos, a diferencia de los norteamericanos, pretenden meter sus narices en todo lo que hacemos y en cómo vivimos. De hecho, de comercial es lo menos que tiene tal acuerdo.

Un ejemplo es que ni siquiera quieren dar por válidas como mínimo las condiciones con que actualmente comerciamos con ellos, llamadas SGP-Plus. Quieren empezar de cero y con un montón de cartas bajo la manga. Esto ni siquiera se trata de David contra Goliat; esto más bien pareciera la fábula de la hormiga y el elefante, con la diferencia de que en este caso el elefante sí pisa a la hormiga.

En una mesa se llevan a cabo las “rondas comerciales”, pero en otro ámbito se están tomando decisiones sobre nuestros derechos fundamentales sin siquiera consultarnos. Determinaciones que se toman entre una amplia y onerosa burocracia internacional que depende de su intervencionismo para justificar su existencia, al confabular con algunos centroamericanos que viven de organizaciones no gubernamentales que carecen de representatividad y que son mantenidas y tuteladas por los europeos.

La historia se repite. Es hora de la reconquista de aquéllos a nosotros… como si los 500 años fueran una tarde de verano. Inaudito que aquellos que se quejan de la “explotación de los aborígenes”, producto de la primera conquista, son ahora, al igual que sus antepasados, los que colaboran con los conquistadores para lograr ventajas puramente personales. ¡Qué ironía!

Las grandes asimetrías o diferencias nos ponen en tal desventaja que no creo que mucho se pueda hacer ante una actitud servil de nuestra clase política. Sin embargo, como ciudadanos inteligentes y amantes de la libertad —como uno de los tres derechos fundamentales del ser humano: vida, libertad y propiedad—, no podemos callar ante tal atropello. Que quede constancia histórica de que la vimos venir y tratamos de evitarlo; no podemos quedar como cómplices silenciosos de tal aberración.

Ya depredaron nuestras riquezas naturales una vez, acabaron con todas las de ellos, y ahora pretenden culparnos del calentamiento global y vedarnos el derecho que nos asiste de salir de pobres haciendo un uso racional de las bendiciones que tiene nuestra región. ¡Al carajo! Solo es cuestión de tiempo que se apague la llama en un continente que envejece estrepitosamente. El comercio justo es un derecho natural y no una concesión. Que dejen de subsidiar su ineficiencia a costillas de sus contribuyentes, y nos dejen en paz. ¿O es que quieren que paremos como sus súbditos africanos?

cezunigaf@hotmail.com

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