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Guatemala, 22 de abril de 2008

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DE MIS NOTASAlfred KaltschmittMe levanté soñando

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Contradicciones oníricas o no, el hecho es que soñé que soñaba. Que me levantaba despierto, pero todavía soñando. Que me había sentado, totalmente dormido, pero en mis sueños, a escribir esta columna

Y escribí. Escribí de la vida simple y la rutina apacible de los años de las vacas gordas, cuando este país todavía era virgen, los chapines éramos pocos y el hambre era palabra aún desconocida. Pobreza —de la que no puede comprar opulencia había—, mas nunca miseria.

Soñaba que volaba sobre las grandes selvas peteneras en un viejo avión DC3 de Aviateca, admirado de la capacidad del aparato para remontarse encima de las nubes como pájaro a 10 mil 500 pies de altura.

Y mientras masticaba chicle para destaparme los oídos, no dejaba de acercar mi rostro de joven aventurero a la ventana, para apreciar la tupida virginidad de los bosques milenarios allá abajo, extendiéndose en el horizonte hasta acabarse mi ventana.

Seguí soñando. Un viaje maravilloso cuyos recuerdos me hicieron volver a vivir la travesía que hice a pie por senderos de chicleros, pernoctando en una aldea chiclera medio fantasma llamada Santo Toribio, cerca de la cual se encontraba un campo de aterrizaje en donde descendían los aviones de Aviateca a recoger chicle con precio de oro, y que después utilizamos para aterrizar en aquel nuestro viejo Navion.

Acampé de nuevo en el pequeño riachuelo Santo Domingo, hoy desaparecido por la muerte de todos los árboles que protegían y mantenían con vida su nacimiento. Fue donde hice el primer campamento con la ilusión del colono que solo ve castillos y maravillas y nunca los sudores que le hacen falta para culminar su sueño.

Volví a probar todas mis excentricidades culinarias, incluido aquel caldo de loro gordo que consumió toda mi leña, y después juré no volver a cocinar.

Toda esa zona era selva virgen. Muchos siguieron mis huellas hasta el río Mopán, y convertían el sendero en camino, y luego, en carretera. Sabanetas solo tenía un par de ranchitos, uno de los cuales era de mi guía. Chijuán se llamaba.

Después, la avalancha de colonos hacia el parcelamiento Mopán convirtió aquella selva virgen en potreros desahuciados al agotar el frágil subsuelo.

Pero no encontré mis nances. ¿Por qué razón me duelen tanto mis nances? Los que había marcado para no perderme. Solo pude encontrar en mis recuerdos el lejano eco de los gritos de las chachalacas anunciando algún intruso en su santuario.

La tristeza me despertó y me encontré sentado escribiendo esta columna. ¿Sería casualidad que hoy leo que la Sierra del Lacandón casi desapareció? ¿Que de la Laguna del Tigre solo quedan dibujados desde el aire los círculos concéntricos de los potreros de la narcoganadería? ¿Que ya hay penetraciones hasta en el parque El Mirador-Río Azul?

De todas las invasiones de áreas protegidas, este último llora sangre. Es el asiento del primer Estado mesoamericano. La pirámide más grande del mundo en volumen. La Jerusalén de los mayas, pues. Pero nadie hace nada. Solo este pendejo columnista lloriqueando solitario en este velorio ambientalista.

Duele también que el ministro del Ambiente haya demostrado tan poco tino político para apreciar los esfuerzos que viene haciendo la Mesa Multisectorial en el manejo de El Mirador-Río Azul.

En vez de capitalizar la experiencia de tantas organizaciones y el progreso que han alcanzado los principales actores que trabajan desde hace años en esa área, se presentó a la última reunión a cuestionar y descalificar de manera grosera y prepotente todo el trabajo.

Primera lección para el ministro de Ambiente: aprenda crear un “buen ambiente” con los únicos aliados que tiene en esta guerra irreverente.

alfredkalt@gmail.com

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