Guatemala, 22 de abril de 2008

DE MIS NOTASMe levanté soñandoAlfred Kaltschmitt

MIRADOREl costo agregado de las mafiasPedro Trujillo

HOMO ECONOMICUSEs tiempo de populismoJosé Raúl González Merlo

PUNTO DE ENCUENTRO“Demasiado rosa”Marielos Monzón

WACHIK´AJÉtica e impuestosMartín Rodríguez P.

SIEMBRAAcuerdo de sumisiónCarlos Enrique Zúñiga Fumagalli
EDITORIAL
En los 38 años transcurridos desde que el 22 de abril de 1970 se celebró el primer Día de la Tierra, es un hecho que se ha afianzado y aumentado la conciencia de los seres humanos acerca de la responsabilidad que en lo individual y en lo colectivo tienen respecto del planeta donde todos vivimos. Es claro también que falta mucho por recorrer en este campo, y que el tiempo se está convirtiendo en factor que trabaja en contra de no llegar a que el hogar de todos los seres vivientes conocidos alcance el punto de no retorno.
El problema principal consiste en que algunos de los países más grandes y desarrollados de la Tierra son los más reacios a tomar las medidas que buscan reducir los efectos que genera la raza humana. Pero los países en vías de desarrollo no escapan de causar estos efectos, aunque por razones diferentes de los del llamado primer mundo. Por eso, la única manera de ayudar a que se reduzca esta tendencia suicida es el convencimiento de la importancia que tiene la tarea individual.
Es un hecho innegable que los principales problemas ocasionados por la raza humana contra el planeta Tierra están encabezados por la superpoblación. Le siguen la actividad industrial, causante del aumento del CO2. China e India se han convertido en fuentes de contaminación tan importantes como Estados Unidos y Europa, así como otras naciones industrializadas de Asia. Y el efecto negativo se puede notar a simple vista por todos lados.
La actividad humana es la causante de la reducción de la capa de ozono, de la lluvia ácida, la contaminación de tierra, agua y aire, la desertificación progresiva, los cambios climáticos y en los océanos. El alarmante ritmo se ejemplifica con que cada segundo es destruida media hectárea de bosque en todo el mundo. Y el delicadísimo balance de la vida en la Tierra demuestra que, por ejemplo, un aumento de solamente 10 metros en el nivel del mar originaría daños graves a todas las ciudades situadas en las costas, pese a que esa altura equivale a un ínfimo 0.0008 por ciento del largo de los océanos, que alcanza alrededor de 12 mil 700 kilómetros de un polo a otro.
Así como las bombas atómicas llegaron a significar la posibilidad de que una guerra nuclear acabara con la vida en la Tierra, y esto se convirtió en motivo para evitar usarlas, el ser humano necesita llegar a la convicción de que la actividad humana descontrolada puede igualmente hacer lo mismo, pero con la diferencia de hacerlo a pausas, en un proceso que ya ha tomado muchas víctimas humanas y de otros seres vivos.
En este momento, se convierte en una necedad negar o discutir la verdad de las afirmaciones que desde hace unas cuatro o cinco décadas señalaron los científicos. El tiempo ha dado la razón a quienes en su momento fueron acusados de alarmistas o de simples chiflados. Los efectos mortíferos de continuar el irrespeto al planeta alcanzarán a todos, sin excepción. Aún es tiempo de revertir algunos males, pero el esfuerzo debe ser global, ajeno a cualquier consideración política o económica.
“Anunciaron que han bajado los homicidios, pero hechos de impacto como la muerte de Víctor Rivera, la narcomatanza en Zacapa y el crimen contra cinco pilotos, en un día, hacen que la percepción de mejoría en seguridad no llegue”.VERÓNICA GODOYDe instancia de monitoreo y apoyo a la seguridad pública.
“La crisis ambiental es la crisis de este tiempo, y no es solamente ecológica, sino social; resultado de una visión mecanicista del mundo, que, ignorando costumbres y los límites de la naturaleza, aceleró el cambio climático”.LEONARDO BOFFAnalista internacional
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