Guatemala, 20 de agosto de 2008

UCHA’XIKOtra vez los patrioterosSam Colop

COLABORACIÓNLa calle y el vientoDanilo Arbilla

ECLIPSECrímenes ignoradosIleana Alamilla

A CONTRALUZEn la cola de un venadoHaroldo Shetemul

CARA PARENSLlenemos el vasoAbraham Samuel Perez-Attias

CATALEJOMario Antonio SandovalUn aniversario muy especial
DOS FECHAS especiales muy cercanas a mí se cumplen en apenas cuatro días. La primera es hoy, día del aniversario número 57 de Prensa Libre, donde he pasado la totalidad de mi carrera periodística. La segunda será el próximo domingo, cuando mi padre, el periodista Mario Sandoval Figueroa, arribe a sus 90 años de edad. Ambas ocasiones están muy relacionadas con mi vida, incluyendo su parte de actividades profesionales. Por esa causa deseo dedicar estas líneas, con el permiso de mis lectores, para expresarles algunos pensamientos venidos a mi mente en esta semana. Mi relación con este periódico se remonta a los ya lejanos años de mi niñez, a la mitad de los años 1950, y por eso para mí es una especie de prolongación del hogar, y mis recuerdos abarcan esos 57 años transcurridos.
CUANDO, YA EN LA madurez otorgada por los años y por la larga actividad periodística, me pongo a pensar en cómo se desarrolló mi interés por el oficio, me doy cuenta de la importancia fundamental de mi padre como mentor, trabajo realizado de manera no solo natural, sino espontánea. Muchos de mis deberes del colegio en esos años cincuenta los realicé en los escritorios de la redacción de Prensa Libre, un largo corredor donde nacían noticias, reportajes y columnas. Tuve la oportunidad de ver a los fundadores en pleno trabajo, y por eso recuerdo con todo afecto a don Salvador Girón Collier, a Álvaro Contreras Vélez, Isidoro Zarco y Pedro Julio García. Todos me enseñaron algo o mucho de la profesión, con el ejemplo de cómo la realizaban. Pero fue mi padre el maestro por antonomasia.
POR MUCHOS AÑOS, MI PADRE fue el jefe de Redacción. Era el tiempo de las máquinas mecánicas de escribir, de las cuartillas de papel periódico, de las correcciones con crayón rojo. De mi abuelo, el filólogo Lisandro Sandoval. Él había absorbido el interés por la corrección en la expresión escrita. Recuerdo una de sus primeras enseñanzas: el periodismo es escrito a la carrera, sin suficiente tiempo disponible, pero no por ello se puede dar el lujo de estar mal escrito. Simple pero correcto, fueron muchas veces sus palabras. Mi interés por la lectura es herencia del suyo. Todavía se encuentran en la biblioteca de la casa paterna muchos de los libros de todo tema, en los cuales me fui adentrando algo en el oficio de expresar pensamientos por escrito. En ese tiempo, el libro y el periódico reinaban, sin competencia.
ESTE DOMINGO, MI PADRE cumplirá 90 años, con algunos achaques físicos propios de esa edad, pero con su mente y su memoria lejana tan claras y tan completas como lo fueron siempre. Cuando lo visito, indefectiblemente la conversación se dirige a hechos históricos, muchos de ellos vividos por él en sus tiempos de reportero. Pertenece a una generación de periodistas bohemios en el mejor sentido de la palabra, verdaderos autodidactas en el ejercicio de vivir, humanistas en el significado clásico del término. A sus actividades periodísticas unió la de poeta, en una mezcla extraña porque el periodismo en demasiadas veces mata al escritor, al condicionar la mente a una forma endiabladamente clara de escribir ideas complicadas con términos simples, como debe ser el periodismo más eficiente.
HACE MUCHO TIEMPO jugaba yo brincando entre las bobinas de papel en la improvisada bodega del diario. Ahora, veo hacia atrás y recuerdo una de sus frases: tener cuidado de la gente perversa, del traidor por afición o nacimiento, de quien actúa en la sombra, por la espalda. Por las buenas, nadie debe poder ganarte, me dijo alguna vez. Y resultó cierto: mis derrotas han sido por ataques a mansalva, por acciones corruptas. También me enseñó a comprender la mala levadura humana, y a no sentirme mal por tomar las acciones necesarias para la defensa del buen nombre y de la dignidad. Recientemente he pensado mucho en eso, pero, por ahora, quiero nada más expresar mi alegría y mi poco disimulado orgullo por haber tenido en mi padre a quien fue al mismo tiempo mi mejor maestro periodístico.
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