Guatemala, 20 de agosto de 2008

CATALEJOUn aniversario muy especialMario Antonio Sandoval

UCHA’XIKOtra vez los patrioterosSam Colop

ECLIPSECrímenes ignoradosIleana Alamilla

A CONTRALUZEn la cola de un venadoHaroldo Shetemul

CARA PARENSLlenemos el vasoAbraham Samuel Perez-Attias

COLABORACIÓNDanilo ArbillaLa calle y el viento
Malos vientos han co- menzado a soplar para los gobiernos neopopulistas, autollamados progresistas, que surgieron tras el fracaso de los partidos democraticohistóricos que no supieron encaminar sus países en la etapa posdictaduras.
Hubo inoperancia, demagogia, soberbia y mucha corrupción, pero también es cierto que aquellos partidos tuvieron que manejarse en medio de una crisis económica muy fuerte. Los electores buscaron caras nuevas, surgieron los outsiders y la gente salió a la calle al grito de: “que se vayan todos”. En estos tumultos cayeron presidentes legítimos, hubo complots a caballo de la insatisfacción popular y con ese ruido de las calles surgieron los nuevos hombres, los que, en su mayoría, llegaron al poder con el viejo discurso del populismo. En épocas de confusión y de rabia la gente compró al barrer.
Junto con los nuevos gobernantes y su discurso maniqueísta llegaron vientos favorables: los precios de las materias primas comenzaron a subir sin freno, y la bonanza justificó y confundió. El recurso del subsidio, a la larga, suicida para cualquier economía, funcionó de maravillas. Junto con los subsidios llegaron los favoritismos y la discriminación, pero los buenos números tapan todo. Hasta pagaron la deuda —menos Kirchner, por supuesto— y se hicieron amigos de los bancos internacionales.
Pero ahora el vendaval ya no es tan fuerte. La suba de los precios de los productos exportables se ha frenado, y algunas han comenzado a caer. Puede que la cosa ya no sea tan fácil.
Esta nueva realidad en los términos de intercambio complicará un poco más a muchos de estos gobiernos “progresistas”. Éstos habían comenzado a perder popularidad por sus arbitrariedades, sus arranques autoritarios, por sus métodos fascistas y por la falta de claridad y transparencia, y por no poder ocultar la corrupción propia y presente, por más que vociferen contra los autoritarios y corruptos del pasado.
El síntoma más importante es que perdieron el monopolio de la calle. Ya no cuentan en exclusividad con ese instrumento que, desde el llano, primero, y desde el Gobierno, después, han aplicado con tono antidemocrático. Sirvió desde la oposición para derrocar presidentes constitucionales (Sánchez de Losada, en Bolivia, y De la Rúa, en Argentina, por ejemplo), y desde el poder, para imponer reformas constitucionales, desalojar parlamentarios electos, sacar jueces y gobernadores, presionar y atacar al sector privado y hostigar a la prensa.
Hoy hay otra calle, y la gente, cansada de autoritarismos, soberbia y corrupción, harta de las mentiras, la inflación y la escasez, también salió a manifestar, a hacer sonar las cacerolas, a apoyar a los sectores sancionados y a pedir renuncias y que se vayan todos.
Le pasa a Ortega en Nicaragua, que para poder emparejar la convocatoria de la oposición gasta millones y millones de dólares. Le pasó a los Kirchner en el conflicto con el campo: por más reparto de dinero, por más prepotencia “piquetera” y por más “acarreo” de gente que hicieron, nunca lograron igualar las manifestaciones espontáneas en contra del Gobierno y su política agraria y fiscal. Los venezolanos, en la calle, tienen a mal traer a Chávez desde hace mucho, y no los puede parar ni con los financiados “círculos bolivarianos”. Evo Morales ha recibido últimamente varias dosis de su propia medicina.
El cambio de situación es fuerte, y quienes llamaban al pueblo a la calle, ahora recurren a las instituciones democráticas.
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