Guatemala, 20 de julio de 2008
Los “sin identificar”
• La sepultura de personas que han fallecido víctimas de la violencia y que no han sido identificadas no es solo cosa del pasado.
• En el cementerio La Verbena son enterradas cada año más de 400 personas sin identificar.
• Los muertos son igualmente víctimas de la violencia, solo que ahora ejecutada por el crimen organizado o por grupos civiles y estatales que se dedican a la “limpieza social”, es decir, a asesinar a supuestos delincuentes.
• El plazo máximo para la identificación de un cadáver son tres días.
Según Guillermo Vásquez, uno de los investigadores de la FAFG, la Policía Judicial ni siquiera se molestó en esconder los cadáveres de los ejecutados, porque sabía que en la capital iban a ser enterrados como desconocidos de inmediato, ya que ellos mismos manejaban los registros oficiales y las morgues, y fijaban los tiempos para la sepultura.
El Grupo de Trabajo sobre Desaparición Forzada, del que forma parte Cecil De León, ha estado haciendo presión política para que el Congreso apruebe la Comisión de Búsqueda de Desaparecidos, a la que se dotaría de Q28 millones y sería un ente autónomo. Aunque la Comisión de Financias del Congreso le dio vía libre, la de Puntos Constitucionales no ha dictaminado.
Familiares de desaparecidos dejan flores en el osario general de La Verbena, donde suponen que descansan los restos de sus parientes.
Por Lorena seijo
Como si se tratara de un pozo de los deseos, el osario general del cementerio La Verbena, zona 7, guarda desde hace más de 25 años, en sus 40 metros de profundidad, las esperanzas de muchas familias capitalinas de encontrar a seres queridos, de quienes un día se despidieron sin saber que sería la última vez.
Cientos de personas destrozadas por la duda de dónde estarán enterrados los restos de sus hijos, hermanos o padres han encontrado un rayo de esperanza en el hallazgo de la Fundación de Antropología Forense (FAFG), que luego de un completo estudio determinó que entre las más de seis mil personas sin identificar que ahí descansan están 889 de los desaparecidos capitalinos.
Ellos son parte de los tres mil 500 estudiantes, activistas e integrantes de grupos guerrilleros urbanos que desaparecieron en la capital desde 1977 a 1986, y de los que hasta el momento se desconocía su paradero.
¿Qué hizo pensar a la FAFG que los desaparecidos podían estar en La Verbena? Lo primero, los testimonios de las víctimas y victimarios de la época, que identificaban este cementerio como el lugar más común.
Segundo, que si durante los años 1970 el número de personas que eran enterradas sin identificar no superaba las 150 anuales, durante los 1980 subió a 550. Mientras con anterioridad la mayoría de los cadáveres correspondían a indigentes que habían muerto por causas naturales, en los 1980 el perfil varió: hombres y mujeres entre 20 y 29 años, muertos de forma violenta, en grupo, y los cuerpos habían sido encontrados en terrenos baldíos o carreteras.
La hipótesis de que ahí están los cuerpos de muchos capitalinos desaparecidos se basa en los datos de los registros del cementerio La Verbena —que se conservan en buen estado y son bastante específicos—, en la causa de la muerte y en las fechas de desaparición de las víctimas.
Katia Orantes, una de las encargadas del proyecto de estudio y ubicación de los desaparecidos, asegura que la exhumación del osario general se puede hacer, pero se requiere de las autorizaciones, de la instalación de un laboratorio de ADN, para poder contrastar los restos con las muestras de saliva de los familiares, y de un gran equipo de trabajo.
Los parientes consideran que el Estado debería contribuir con la exhumación, aunque exista apoyo de organizaciones internacionales.
Los restos de los desaparecidos llegaron al pozo después de haber pasado de cuatro a siete años en los nichos de los cuadrantes 1, 2, 3, 4 de ese camposanto. “Si los hubieran mantenido en los nichos la exhumación resultaría más sencilla, pero en el pozo todos los restos están mezclados”, lamentan los forenses.
Blanca de Hernández busca desde los años 1980 a seis de sus familiares que nunca volvieron a casa. Entre ellos se encuentra su primogénito, Óscar David Hernández, quien desapareció en febrero de 1984.
“El 23 de febrero de 1984 comencé a velar a mi hijo en este cementerio. Desde las 5 de la mañana hasta que terminaban de ingresar cadáveres permanecía aquí, con la esperanza de poder reconocerlo”, cuenta.
Blanca recuerda que los cuerpos llegaban mutilados, y que cada cadáver de un hombre joven le parecía el de su hijo. “La Judicial se hacía pasar por sepultureros y nos decían que si les dábamos nuestros datos nos ayudarían a encontrar el cuerpo; así conseguían saber dónde vivíamos y quiénes éramos”, relata.
David podría encontrarse entre los más de seis mil restos del osario general, pero Blanca ya ha perdido la esperanza de encontrarlo. “No creo que vaya a recuperar sus restos nunca, ni los del resto de mis familiares, pero mi hijo, esté donde esté, sabe que yo lo he intentado hasta el límite de mis fuerzas; mi conciencia está tranquila”, recalca.
“Cuando asesinan a una persona es doloroso, pero la incertidumbre es lo más terrible; uno se acuesta y despierta durante años con la esperanza de que está preso, que un día te lo devolverán. Por supuesto, ya no”, dice en forma serena.
David fue desaparecido durante el gobierno de Humberto Mejía Víctores, que el año pasado se libró de una orden de captura internacional, gracias a una resolución de la Corte de Constitucionalidad.
Fernando Colindres no puede evitar el llanto cuando recuerda la tortuosa búsqueda de su hijo Luis, el único de los desaparecidos que ya no lo está, después de que se hallaron sus restos en La Verbena.
Luis fue ejecutado en la calzada Roosevelt, cuando se bajaba de un bus, el 21 de julio de 1982, durante el gobierno de Efraín Ríos Montt. Aunque sus padres en aquel momento no lo sabían, Luis pertenecía al Partido Guatemalteco de los Trabajadores, además de ser catedrático universitario.
En el momento de su asesinato llevaba consigo una cédula falsa, por lo que fue enterrado en La Verbena con otro nombre. Por suerte su mujer sí sabía de su doble identidad, y al día siguiente le confirmó a la familia que estaba muerto.
Su padre, Fernando, no lo quería creer. Fue al gabinete de identificación policial a que le enseñaran las fotos “de los muertos del día”, pero no lo reconoció porque estaba desfigurado, ya que después de dispararle le pasaron un vehículo encima.
Fernando no se atrevió a acercarse al cementerio, envió a su cuñado para que preguntara por Luis y por su supuesto alias, Manuel.
Los sepultureros le enseñaron la tumba de Manuel: nicho 926, tumba 21, galería 3. A Fernando le aconsejaron que pidiera la exhumación de los restos, “pero en ese tiempo mejor uno se quedaba callado, pues tenía más familia a la cual proteger”.
Durante años, Fernando y su mujer estuvieron visitando la tumba común, a la que nadie llevaba flores, preguntándose si Manuel sería Luis.
En el 2005 se puso en marcha el programa de resarcimiento y fueron incluidos en la lista de beneficiados. Fernando iba a invertir el pago del resarcimiento en exhumar el cuerpo de su hijo y llevarlo al cementerio Los Cipreses. Cuando la FAFG se enteró del caso, de inmediato se prestó para ayudarlo, sin ningún costo. El cuerpo fue exhumado el 4 de abril del 2006. Efectivamente Manuel era Luis.
Unas cuantas flores ayudaron a recordar, el martes pasado, que el pozo de La Verbena oculta gran parte de la historia de Guatemala y el dolor de cientos de connacionales.
Aunque en la actualidad no existe un conflicto armado, más de 400 personas al año, víctimas de la violencia, son enterradas sin identificar en ese mismo camposanto. Aunque, por distintas razones, sus familias tampoco tienen una tumba a la cual acudir.
Portada | Nacionales | Departamentales | Económicas | Opinión | Deportes | Cultura | Buena Vida | Espectáculos
© Copyright 2008 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.
Políticas de Privacidad | Contactos | Sus comentarios sobre el sitio