Guatemala, 23 de julio de 2008
Por Dialma Smith
Colaboración
Alberto Benjamín Navas no es un nombre famoso en Guatemala. Sin embargo estoy segura de que en quienes lo conocieron dejó el recuerdo de un artista inolvidable, de un maestro excepcional pero, sobre todo, de un hombre muy humano que se hacía querer.
Trabajé con Beto —como todos lo llamábamos— en dos obras de teatro: El Burgués Gentilhombre, en 1972, y Mi Bella Dama, en 1973. Fue un gusto actuar con él; siempre correcto, amable, profesional. Y, a veces, un tanto arriesgado… Recuerdo que como la segunda noche en que presentábamos Mi Bella Dama llegó poca gente, Beto decidió hacer algo para atraer público y lo hizo —a su manera. Para lograrlo, colocó una estampita de la Virgen en el vestidor de los hombres y encendió una veladora frente a ella. Todo fue bien por un buen rato, hasta que comenzamos a sentir un olor a quemado. Esa noche Beto por poco provoca un incendio. Sea como fuere, al día siguiente el teatro estaba abarrotado y así continuó toda la temporada hasta que, por razones ajenas a nuestra voluntad pero ciertamente no por falta de público, nos vimos obligados a clausurar la obra.
Ya para ese entonces mi maestra de canto, Ruth Jacobs, había fallecido, de manera que le pregunté a Beto si él estaría dispuesto a tomar su lugar. Durante cuatro años lo vi aparecerse en mi casa dos veces por semana, con su sonrisa afectuosa, sus modales afables y su boina negra. Si cierro los ojos puedo ver aún la especie de ceremonia que tomaba lugar cada vez que entraba a la casa: apenas me veía, a modo de saludo, daba un paso hacia adelante y mientras se quitaba la boina con la mano izquierda, estiraba la mano derecha y se la pasaba por la cabeza para asegurarse de que los pocos cabellos que le quedaban estuvieran en orden. Todo él con gestos dignos de la mejor coreografía. Verlo me alegraba el día.
A finales de los setenta me vi obligada a cancelar mis clases de canto. Beto comprendió la razón y tuvo la delicadeza de no hacerme muchas preguntas, quizás porque se daba cuenta de lo difícil que era para mí renunciar a ellas. Después de eso no lo volví a ver, inmersa como estaba en otros quehaceres.
No fue sino hasta una límpida mañana de diciembre que pude visitarlo por última vez. Entré en Santo Domingo sumido en la penumbra. El templo se encontraba vacío, a excepción de un grupo de personas que, iluminadas por varios cirios, se encontraban en el fondo de la iglesia, reunidas alrededor de un ataúd. Tenían que ser los parientes y amigos de Beto, porque un canto se sucedía a otro. El aire se encontraba saturado de música en un homenaje solemne a la muerte pero que era a la vez una celebración gozosa de la vida de un hombre que dio mucho y dejó mucho en todos los que lo conocimos.
Lo recordaré siempre con gratitud y con amor.
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