Guatemala, 14 de marzo de 2008
Fue en una de las sesiones de los jueves en 1995, cuando casi al final de nuestra reunión el doctor Gerardo Ramírez dijo que todavía tiene algo que proponer.
Contó que hace unos días había ido a la sede del Museo Nacional de Historia y que en el segundo piso tiene salas vacías, así que por qué no montábamos un museo sobre la Semana Santa.
Para qué quiso. Nadie se levantó, comenzaron las ideas, unas con mayor dosis de realidad que otras, hasta que entrada la madrugada decidimos terminar la reunión, muy contentos porque teníamos un nuevo proyecto, aunque no supiéramos como lo íbamos a hacer realidad: el Museo de la Semana Santa.
El Lic. Miguel Álvarez nos ofrece dos salas en el segundo piso, pero teníamos que pintarlas y hacer los trabajos de electricidad. Comenzamos a recaudar dinero y enseres de todas clases para exhibir: fotos, turnos, panfletos, circulares, uniformes y muchas cosas más.
Llegamos a reunir más de un centenar de piezas con las que iniciamos la colección del futuro museo.
Un reconocimiento a los Cruzados de Cristo del Calvario, los primeros en tendernos la mano al donarnos un uniforme de la centuria romana, que por cierto, hoy ya es precisamente “una pieza de museo” porque el uniforme cambió, dándonos también un uniforme del escuadrón de nazarenos y uno de los pasos.
El año estaba entrando a su fin cuando la gente que transitaba por la 18 Calle, un sábado en la tarde, nos miraba entre sorprendida y divertida llevando lanza, escudo y casco en plena calle.
Don Salvador Avelar nos obsequió una colección completa de los primeros discos de marchas fúnebres; contábamos ya con la partitura original de “Dios se los pague” (hoy “Dios es amor”) y entre familiares, conocidos y recomendados logramos reunir más piezas.
Así, la familia de don Mario Ruata donó su túnica dominica con todo y orden del Señor Sepultado, sus puños negros (no rojos) de directivo de San José, con la corona del escudo bordada en cada uno de ellos y el primer turno a color en la historia de la Semana Santa guatemalteca, y la familia de don Francisco Rodríguez donó sus puños morados de presidente de la hermandad del Señor Sepultado de Santo Domingo.
Logramos armar una colección de turnos, siendo el más antiguo de 1902 y varias viejas fotos que permiten ver detalles, hoy curiosos, como los puños blancos de la candelaria, los brazos individuales de las viejas andas de La Merced o documentos interesantes como la autorización gubernamental para la procesión de Candelaria en los años 20, el boletín donde avisan del estreno del anda para el Jueves Santo de 1975 y muchas cosas más.
El primer sábado de Cuaresma, 24 de febrero de 1996, se inauguró la Sala Histórica de la Semana Santa, que estuvo abierta al público poco más de un año, hasta que el Museo Nacional de Historia necesitó su espacio.
Se reabre en su sede propia en 1998 y ahí está, hasta hoy, convertido en la casa de cucuruchos y devotas, quienes lo visitan todo el año. Allí tuvimos, entre otras cosas, el alba con la que fue consagrado Jesús de Candelaria en 1917 (el alba tiene bordada la ocasión y fecha); los monjes que custodiaron al Cristo del Amor en su procesión de Consagración y la túnica que Miguel Ángel Asturias obsequió a Jesús de Candelaria.
Y en 1999 nace la velación antigüeña, la actividad más importante del año. Y desde hace unos cinco años, la matraca, ya desaparecida de los campanarios de las iglesias, anuncia el paso del Jesús del Rescate y de Jesús de Candelaria, la noche del miércoles y el caluroso mediodía del jueves de cada Semana Santa, porque hasta en eso nos bendijo Dios: el Museo está situado en una vía procesional.
Y así, durante quince años que estamos por cumplir, cada jueves los miembros del consejo nos reunimos, recordando las semanas santas que ya se fueron, esperando la que está por venir e imaginando que otras cosas se pueden hacer.
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