Guatemala, 14 de mayo de 2008

CATALEJOEl entierro de un periodistaMario Antonio Sandoval

COLABORACIÓNY los periodistas tambiénDanilo Arbilla

UCHA´XIK¿Mal agüero?Sam Colop

ECLIPSEPeriodismo departamentalIleana Alamilla

CARA PARENS Para muestra, un botónAnabella Giracca

A CONTRALUZHaroldo ShetemulCrimen contra la razón
COMO ALGUIEN que nada debe, Jorge Mérida acostumbraba a dejar la puerta de su casa abierta, mientras él se encontraba frente a su computadora elaborando notas periodísticas. El sábado recién pasado, los criminales aprovecharon esa circunstancia y penetraron en su vivienda para ultimarlo. De esa manera se cumplían las amenazas de muerte que había recibido la víctima. Los hechores trataron de acallar su voz, que había dado a conocer irregularidades administrativas y acciones para combatir el crimen organizado, entre otros acontecimientos noticiosos. Pero los asesinos no solo le dieron muerte a un periodista valiente, sino que dejaron en la orfandad a un menor de edad que dependía de los ingresos económicos de su padre.
ESTE CRIMEN, ocurrido en Coatepeque, retrata en toda su crudeza la inseguridad con la que laboran nuestros colegas en la provincia, donde tienen limitaciones de todo tipo. También es en los departamentos donde se observa más dramáticamente la inexistencia de las fuerzas de seguridad del Estado y donde campean los cuerpos paralelos y sicarios. Sin embargo, lejos de quedarnos de brazos cruzados, debemos solidarizarnos con nuestros compañeros periodistas departamentales y exigirle al gobierno del presidente Álvaro Colom una exhaustiva investigación para dar con el paradero de los asesinos materiales e intelectuales. Es necesario recordarles a las autoridades que aún está impune el asesinato, a balazos, del periodista Miguel Ángel Amaya, ocurrido en Petén, en diciembre último. Por ello, es necesario poner un alto a estas acciones que enlutan nuestra profesión periodística y que los victimarios sean procesados y condenados de acuerdo con la ley.
Neto Capuano
AQUELLOS AÑOS, de principios de la década de 1980, eran muy difíciles para los centenares de exiliados guatemaltecos que vivíamos en México. Recién habíamos dejado nuestro país para evitar la persecución de las huestes del régimen militar de Lucas García, y ya la visa mexicana se nos vencía en forma inexorable. ¿Cómo retornar a Guatemala, de donde habíamos salido huyendo? En medio de esas dificultades, de pronto surgía un nombre, el de Ernesto Capuano, un abogado chapín que ayudaba a solucionar la estancia legal en ese país. Recuerdo que la sala de su departamento siempre estaba atestada de indocumentados, como yo, que trataban de que alguien les tendiera la mano.
SIN AVERIGUAR procedencias ni filiaciones políticas, Capuano siempre abrió sus puertas a los exiliados guatemaltecos o de otras nacionalidades. Era casi imposible que les solucionara sus problemas migratorios a todos, pero él siempre tenía palabras de aliento y en esos tiempos aciagos eso era bastante. Me enteré de que el 6 de mayo recién pasado Capuano había partido, y me quedé con el deseo de poder estrechar su mano de nuevo. Por eso hoy quiero dedicar estas breves líneas a la memoria de un hombre de ideas revolucionarias inquebrantables y, sobre todo, muy solidario. Un ser humano que abría su corazón a los necesitados y los apoyaba profesionalmente sin cobrar un solo centavo. Descanse en paz, Neto Capuano.
Portada | Nacionales | Departamentales | Económicas | Opinión | Deportes | Cultura | Buena Vida | Espectáculos
© Copyright 2008 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.
Políticas de Privacidad | Contactos | Sus comentarios sobre el sitio