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Guatemala, 14 de mayo de 2008

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COLABORACIÓNDanilo ArbillaY los periodistas también

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Finalmente los tribuna- les ingleses concluyeron que los culpables de la muerte de Lady Di y su novio Dodi fueron el chofer del Mercedes-Benz que conducía borracho y a altísima velocidad por las calles de París, y los paparazzi también.

De esta manera se desechó la sospecha de una conspiración, y se rechazó la acusación del padre de Dodi, el empresario Mohamed al Fayed, de que en definitiva Diana y Dodi murieron por orden del Duque de Edimburgo (Felipe), esposo de la reina Isabel II, y que la acción fue ejecutada por los servicios secretos británicos, y que además la Princesa estaba embarazada, lo cual fue ocultado.

Los jueces y el jurado podrían haberse limitado a los hechos, tan comunes, de que todo ocurrió porque el conductor iba ebrio, a gran velocidad, por una zona de difícil circulación para transitar en esas condiciones y porque los pasajeros no llevaban puestos los cinturones de seguridad. Sin embargo, fueron más allá: también acusaron de negligencia a los fotógrafos, a los paparazzi. Del Duque y los servicios, nada.

Se afiliaron, por un lado, a aquella tesis de que el verdadero culpable y responsable del adulterio es el carpintero que construyó la cama sobre la cual fue consumado el acto. Los responsables fueron los paparazzi que le querían sacar fotos a Diana. Y en esa línea, ¿por qué no Diana y Dodi, por no decirle al chofer que no fuera tan rápido, o por huir de los fotógrafos, o definitivamente por estar de novios y ser protagonista de una gran historia? ¿Por qué no Carlos de Gales, por haberse casada con una chica tan joven, haberla hecho famosa y haberla abandonado por otra señora mayor? Y ¿por qué no la propia Lady Di, por haber aceptado a Carlos como esposo y después haber buscado y aceptado la promoción de su imagen, urbi et orbi, a través de los periodistas, fotógrafos y paparazzi y los medios de comunicación, motivo por el cual la conocíamos y la queríamos todos?

Hay personas que son públicas, porque efectivamente lo son, y otras porque voluntariamente buscan notoriedad. Diana de Gales lo era por ambas razones. Es innegable que era amiga de la Prensa, de los periodistas, de los fotógrafos, que se prestaba a ser objeto de sus flashes y centro de sus historias. Le gustaba.

Ahora, no se puede pretender ser solo buena noticia: las hay lindas y otras no tanto, y quien se expone y acepta unas debe admitir, aunque no le gusten, las otras.

Pero, además, Diana Spencer era una persona pública propiamente dicho. Fue la primera esposa del heredero de la corona británica y es la madre de quien sigue en la línea. Eso implicaba y requería, entre muchas otras cosas, el uso de dineros que ponía el Estado inglés, el que aportaban los contribuyentes británicos. Por esa razón, como cualquier funcionario, estaba obligada a dar cuentas de sus acciones y sometida al escrutinio público. Cuestiones de transparencia, que les dicen.

Tan es así que pocas horas antes del fatal accidente del 31 de agosto de 1997, desde el Palacio de Buckingham, se advirtió que Diana debía aclarar los alcances de su relación con Dodi al Fayed, señalando que por su condición de Princesa de Gales era su obligación hacerlo ante los súbditos británicos.

De eso precisamente es de lo que se ocupa la Prensa: de hacer saber a los ciudadanos, súbditos y contribuyentes lo que hacen las personas públicas que administran sus bienes y que los representan. Eso es lo que hacían, en esencia, los paparazzi, aunque a veces no nos guste algún tipo de tarea que cumplen o cómo la cumplen.

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