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Guatemala, 14 de mayo de 2008

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CATALEJOMario Antonio SandovalEl entierro de un periodista

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ESTE LUNES ME TOCÓ vivir una experiencia muy triste y aleccionadora: asistir en nombre de Prensa Libre al entierro del corresponsal Jorge Mérida Pérez, vilmente asesinado por un sicario cuando se encontraba escribiendo una información para este periódico. Me sirvió para tener una idea más clara de cómo son calificados y considerados, en la provincia, los hombres y mujeres de prensa cuya tarea se desarrolla en las comunidades o las ciudades, en este caso, Coatepeque. Fue aleccionadora la experiencia de sumergirme de nuevo en el campo de la Prensa fuera de las grandes ciudades, con su realidad de gran cariño popular, pero al mismo tiempo de riesgo mortal, porque como dice el viejo refrán, en pueblo pequeño siempre existe un infierno grande.

JORGE MÉRIDA ERA conocido en su natal Coatepeque como un hombre deseoso de servir a la comunidad, como lo prueba su participación en la Cruz Roja, en los bomberos de la localidad y en el ejercicio del periodismo. Las dos entidades mencionadas le hicieron homenajes de cariño y de solidaridad ante la muerte de un hombre de bien. Recibió los servicios fúnebres propios de la iglesia evangélica a la cual pertenecía, pero la experiencia para mí más emotiva la constituyó el cortejo fúnebre, con aproximadamente 300 personas acompañantes, a pie, desde la capilla de la funeraria hasta el cementerio municipal de la ciudad, situada a aproximadamente dos kilómetros, y cerca de la casa en la cual su asesino actuó de manera hasta ahora impune.

EL CORTEJO FÚNEBRE IBA encabezado por unidades de los bomberos, con sus sirenas sonando, así como de la Cruz Roja. El calor coatepecano estaba en su apogeo, y sirvió de marco a la larga marcha, donde muy pocos hablaban, pero con las notas de canciones interpretadas por mariachis. Duró una hora y media, más o menos, y en todas las casas y construcciones por cuyo frente pasaba, salían a ver en silencio personas de todas edades y clases sociales. Luego, ya dentro del cementerio, la multitud se notó más, por estar pasando en callecitas empinadas, hasta llegar a la sencilla tumba, sin adornos, en la cual sería colocado el ataúd, luego de despedidas de todos los presentes con aplausos y vivas en homenaje póstumo al periodista y al amigo.

ME TOCÓ DECIR ALGUNAS palabras. Decidí señalar no solo la necesidad de rechazar ese crimen y de colaborar en las investigaciones para esclarecerlo, así como de pedirles a los presentes su comprensión para la actividad periodística, imposibilitada por definición de lograr la aprobación unánime y constante, cuando se realiza con responsabilidad y con pleno conocimiento de su importancia. Esto último parece estar más claro en la mente de quienes están dispuestos a acallar a tiros a los periodistas, o a lograr el silencio de quienes prefieren no arriesgar su vida y comprometer el futuro de sus hijos. Cuando esto último ocurre, no solo la vida de un periodista se pierde inútilmente, sino la sociedad retrocede años y casi siempre décadas.

LOS PERIODISTAS LOCALES hablaron momentos antes del entierro, y me sorprendió agradablemente la forma como demostraron la comprensión total de la importancia de su tarea. Me sentí conmovido por la situación de Jorge Luis Mérida, de 12 años, quien se queda solo, luego de haber perdido a su madre hace algunos años, y ahora a quien era su mejor amigo, además de su padre, según me comentaron por lo menos cinco personas con quienes tuve la oportunidad de platicar. Este joven se volvió hombre en segundos. Vio caer muerto a su papá y tuvo la entereza de llamar de inmediato a la redacción de Prensa Libre. Se mantuvo con la mirada firme. Por todo lo aquí descrito, la asistencia a ese entierro quedará en mi mente por mucho tiempo.

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