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WACHIK’AJMartín RodríguezSoñar algo en el teatro

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“Cuando yo vendía preservativos allá en la línea (del tren, en donde trabajan prostitutas), yo decía que iba a ser artista y cantante, y me decían que estaba loca. Pero ya ven, el sueño se convirtió en realidad y estuve de gira en Málaga, Barcelona, Madrid, Panajachel, Quetzaltenango, Antigua, y acá estoy. A mis 70 años, esto es solo el comienzo. No sé cómo será el futuro”.

Marina Palencia, una de las protagonistas del galardonado filme guatemalteco-español Las estrellas de la línea, introducía así una de sus canciones en el concierto que ofreció el sábado por la noche, en el Teatro de Cámara, para la presentación de su disco.

La historia de Marina es triste, muy triste. No se crió con sus papás, la embarazaron a los 14 y la familia del padre del hijo no le permitió verlo. Se prostituyó unos años más tarde. Alquilaba su cuerpo a muchos clientes durante todos los días, en la línea del tren, en la zona 1. Hace 31 años, un amante le hizo perder un ojo de una manada, y ahora vive en una covacha, en un asentamiento de la zona 1.

Una de las letras de sus canciones con las que recuerda el pasado dice así: “Soy triste borracha, que pasa la vida bebiendo y llorando ese ingrato amor. El mundo no entiende que una mujer buena se arrastra, de pronto, miseria de vida, escoria de amor. Me miro al espejo y quiero romperlo. Por siempre maldigo al hombre perverso que me hizo infeliz”.

Hace 33 años se juntó con el amor de su vida, Carlos Lozano. Él, que pasó por muchas cárceles en la costa, prometió un día no volver a robar y se reencontró con Marina, quien hace 20 años prometió, por él, dejar la prostitución. “Nunca me hizo falta para mis frijoles. Él trabajaba de albañil, y yo vendía tostadas, ropa, lo que fuera”, relató en una entrevista a Paola Hurtado, en elPeriódico, hace dos años. Carlos murió hace poco.

En el 2003, un español, director de cine, Chema Rodríguez, llegó a filmar una película sobre la vida de las prostitutas de la línea, en la cual las organizó en un equipo de futbol que compitió en Futeca, zona 14, y en muchas canchas de todo el país. Su historia sacó al tapete el conservadurismo guatemalteco, pero ganó premios en España, Alemania, Polonia, Estados Unidos y más. Y Marina pudo cumplir su sueño de ser actriz.

El fin de semana cumplió otro: su primer disco. (Gracias Chema, Andrés Zepeda, Jesús Velasco, René Sosa, por ayudarla a cumplir su sueño, y al Gobierno, por prestar el teatro. Es probable que sea lo primero que recibió en su vida del Estado de Guatemala).

El momento es imposible de describir con palabras. El teatro lleno a reventar. Marina, con traje sastre, nuevo corte de cabello, sin anteojos oscuros para ocultar la falta de un ojo o sin apretar la sonrisa para ocultar la falta de dientes, y la vida de la triste borracha solo en el recuerdo y en una canción. Lloró de la emoción antes de empezar, y luego cantó y se apropió del escenario con la soltura de una cantante internacional que presenta su disco. Cantó cinco boleros, con el alma y la alegría de una niña. Lloró, rió, agradeció, como lo hicimos todos en el público. Se sintió mujer, persona, como nos sentimos todos en el público.

Fue mágico. Fue vida. Fue una revancha, una pequeña victoria cotidiana. Fue disfrutar del sueño hecho realidad de una guatemalteca de 70 años que nunca se dio por vencida. Gracias.

martinpellecer@gmail.com

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