La histórica Aguateca
Les proponemos un recorrido por la muralla natural que protegía a la otrora montaña hendida.

Texto y fotos Gemma Gil
Amedida que nos alejamos de la desangelada población de Sayaxché, a una hora de Santa Elena (Petén), la sensación de entrar en una selva inexplorada nos envuelve hasta tener la impresión de haber ingresado a un territorio mágico.
El trayecto hasta la ciudad maya de Aguateca es un largo recorrido por el río Petexbatún, que abrazado por el bosque de mangle, desemboca en la bella laguna homónima. Bandadas de cormoranes planean sobre las aguas que, como una superficie de azogue, devuelven el reflejo de las tupidas márgenes y de las coquetas garzas blancas que parecen posar para los visitantes y sus cámaras, impasibles ante el ronroneo del motor de lancha.
El ruidoso silencio del bosque nos transporta lejos de una civilización que parece existir mucho más lejos de lo que en realidad está. Al respirar la sencilla serenidad que emanan estos parajes se hace difícil visualizar un Petexbatún humeando en fuegos de guerra, pero ésa es la historia que narran sus ciudades.
Según nos acercamos
hacia Aguateca la lengua de agua se estrecha en un delgado cuello zigzagueante que desemboca en un pequeño embarcadero. Nada más llegar, se advierte que el sitio, aunque recóndito, está bien preparado y cuenta con un lugar para visitantes y un señalizado sendero interpretativo.
Un foso natural
Los mayas solían llamar a Aguateca montaña hendida resplandeciente, y tras visitarla se comprende que este nombre, más que poético, describía con notable objetividad el entorno en el que se alzaba esta urbe, donde vivieron cerca de 4 mil 500 personas.
Construida a lo largo de una profunda falla geológica, esta ciudad floreció gracias a la singular orografía de tierras cársticas. Se cree que Aguateca estuvo ocupada desde el 100
d. C. y que obtuvo su máximo esplendor durante el período Clásico (700-850 d. C.) al abrigo de aliados de mayor tamaño como Dos Pilas; se cree, además, que los primeros asentamientos pudieron deberse al carácter ritual que los mayas confirieron al profundo sistema de grietas que acunan esa ciudad de sur a norte.
A lo largo del recorrido, mientras la estridencia de los monos aulladores contrasta con el suave murmullo de las ramas de los árboles, la visita nos lleva a penetrar fugazmente en las entrañas de la tierra. No es de extrañar que la población maya le diera un carácter sagrado: el conjunto es, sin duda, sobrecogedor. La grieta más honda tiene 800 metros de profundidad y 70 metros de altura.
Con el tiempo, el profundo abrigo rocoso se convirtió en una muralla defensiva natural desde la que se repelieron las pretensiones invasoras de enemigos. Sin embargo, las cosas no debieron ser fáciles en aquel frágil sistema de alianzas entre ciudades; eso explicaría por qué en Aguateca, además de las defensas naturales, se construyeron cuantiosas fortificaciones.
Ojo por ojo
Pese a precauciones tomadas por sus pobladores, la ciudad fue arrasada de todos modos. Durante un tiempo se había servido del apoyo de Dos Pilas y Calakmul para imponer su poder sobre otras urbes de esa zona como Tamarindito o Arroyo de Piedra, pero difícilmente se iba a librar del ojo por ojo.
Trabajos efectuados por un equipo de arqueólogos japoneses indican que esta ciudad fue quemada y abandonada sin muchas consideraciones, quizá porque sus pobladores salieron huyendo, quizá porque fueron capturados por sus enemigos. Es más, según Takeshi Inomata, durante excavaciones encontraron “muchos objetos de jade y conchas; cosas valiosas que la gente se lleva consigo”, a menos que salieran precipitadamente.
Además, en el Palacio Real, una de las estructuras que han sido parcialmente reconstruidas, se detectó signos de que se había celebrado un ritual de terminación, lo que significaba la destrucción simbólica del poder. La clase dirigente, según parece, se refugió en la cercana península de Punta de Chimino, donde surgió un pequeño asentamiento que floreció en el
Posclásico terminal y que fue defendido, nada más y nada menos, que por una triple línea de fosos y murallas —que en sus punto más alto alcanzaron los nueve metros de altura—. Un escenario bélico que no parece tener relación con la paradisiaca paz que acaricia el aire en los confines de Petexbatún y su Montaña Hendida Resplandeciente.
Cómo llegar
- El punto de partida para llegar a Aguateca es la población de Sayaxché, a una hora de Santa Elena (hay servicio de transporte público durante todo el día). Una vez allí, es necesario contratar un servicio de lancha. El trayecto demora aproximadamente dos horas, y las tarifas oscilan entre Q500 y Q800.
- Dónde dormir. A media hora de Aguateca se encuentra el Petexbatún Lodge, un conjunto de cabañas equipadas con baño, camas matrimoniales con mosquitera y balcones con hamacas sobre la laguna de Petexbatún.
- Muy cerca se encuentra Chimino’s Island Lodge, un conjunto de cabañas de caoba, lo suficientemente distantes unas de otras como para tener la sensación de estar solo en mitad del bosque.
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